Purificación
Horas antes de tomar posesión como nuevos integrantes de la Suprema Corte, los ministros elegidos por obra y gracia del acordeón protagonizaron una ceremonia, con aires de liturgia prehispánica, en la que se quemó copal y se entregó a cada uno de ellos un bastón de ...

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
Horas antes de tomar posesión como nuevos integrantes de la Suprema Corte, los ministros elegidos por obra y gracia del acordeón protagonizaron una ceremonia, con aires de liturgia prehispánica, en la que se quemó copal y se entregó a cada uno de ellos un bastón de mando indígena, al tiempo que se invocaron deidades, como Quetzalcóatl, para que guiaran a los togados.
La escenificación, que se llevó a cabo el lunes por la tarde, fue denominada “purificación”, palabra a la que el diccionario apareja sinónimos como depuración, saneamiento, desinfección, limpieza, purga y refinación. Purificación, agrega el tumbaburros, es la acción o efecto de purificar o purificarse. Pero, purificar ¿qué o de qué o a quién? Por definición sólo puede purificarse aquello que es impuro. Y ese concepto ha sido usado en diferentes países y momentos de la historia hasta para justificar las limpiezas étnicas. La Cuarta Transformación actúa como si fuera su misión eliminar las impurezas que, a su juicio, existían antes de su ascenso al poder.
Es cierto que la Cuatroté no se propone eliminar físicamente a sus adversarios, pero sí aniquilarlos políticamente y desterrar sus ideas y cualquier contribución a la historia nacional.
Lo peculiar es que los líderes de este movimiento no llegaron desde otro planeta para “purificar” el país, sino que fueron parte del México al que hoy quieren desaparecer y condenar al olvido. A veces, lo fueron como miembros de los gobiernos del PRI o del PAN que antecedieron a los de Morena –y hoy ya muy apoltronados en el nuevo oficialismo–, o simplemente como beneficiarios de las canonjías y privilegios reservados entonces, igual que ahora, para los influyentes y acomodados.
Esa incongruencia se asomó al espejo en la mencionada ceremonia de “purificación”.
La semana pasada, la senadora panista Lilly Téllez fue reconvenida por el entonces presidente de la Comisión Permanente, el senador Gerardo Fernández Noroña, por decir “gracias a Dios” en la tribuna. De acuerdo con el acaudalado neorresidente de Tepoztlán, Téllez había violado el Estado laico por sólo pronunciar esa frase.
“Sus creencias personales aquí no caben”, arengó Fernández Noroña, cuando la diputada Margarita Zavala le reclamó el comentario. “En toda discusión política, no se permite la invocación de divinidad alguna”, remató. Pero ¿qué fue lo que pasó apenas cuatro días después? Que con recursos públicos del muy laico Estado mexicano se organizó un encuentro en el que se invocó repetidamente a Quetzalcóatl, Tonantzin y los naguales, sin que nadie en el régimen levantara una ceja.
Por supuesto, México es un país plural, y todas creencias religiosas merecen respeto –menos las que sirven a la cultura de la muerte, digo yo–, pero una condición básica de la convivencia social es que las reglas sean válidas para todos y no se apliquen a contentillo para afectar a quien piensa distinto.
Por eso preocupa –además de los llamados a la “purificación”– que el nuevo presidente de la Suprema Corte diga que la institución se propone ser “un auténtico tribunal de justicia y no un tribunal de derecho”, y que sus sentencias “protegerán al débil del fuerte”, en lugar de fundarse en lo que dicen la Constitución y las leyes. Es decir, que la subjetividad y la ideología serán la brújula de sus actuaciones.
Lo que sí debo reconocer al nuevo ministro presidente es que haya dado la bienvenida a la crítica hacia el trabajo de él y sus compañeros. Por eso, aquí va un primer apunte: parece que la Suprema Corte, lejos de buscar el resarcimiento de su ilegitimidad de origen, a través de una aplicación pareja del derecho, se propone subirle a la temperatura de la polarización. Ojalá me equivoque.
Buscapiés
“Paciencia”, pidió ayer la presidenta Claudia Sheinbaum a los habitantes de la capital, cuyo entorno se ha venido inundando cada día de lluvias y comienza a caerse a pedazos por falta de mantenimiento. Seguro, mucha paciencia fue lo que requirió el secretario de Estado estadunidense, Marco Rubio, cuyo vehículo se quedó atorado en el tránsito cuando realizaba el larguísimo recorrido desde el AIFA hasta su hotel. ¡Marco, hermano, ya eres chilango!