El próximo 5 de julio, cuando ya estén jugándose los octavos de final del Mundial de futbol, Carlos Emilio Galván Valenzuela cumplirá nueve meses desaparecido. Nueve meses, el tiempo que tarda un niño en salir del vientre de su madre.
Desde el 5 de octubre pasado, Brenda Valenzuela Gil no ha dejado de buscar a su hijo, topándose con todos los obstáculos posibles. El principal de ellos: la indiferencia de las autoridades, desde las locales en Mazatlán —de donde fue sustraído Carlos Emilio de un restaurante, propiedad de un miembro del gabinete del gobernador Rubén Rocha Moya— hasta la más alta del país, que no ha tenido el tiempo ni el deseo de reunirse con ella.
En medio del brillo deslumbrante de los reflectores mundialistas, Brenda Valenzuela publicó un post en X que resuena con una lucidez devastadora. En sus líneas, expresa un profundo respeto y solidaridad hacia quienes han decidido alzar la voz en las calles de la capital: entre ellos, las madres buscadoras que encuentran más respuestas en la tierra que en las instituciones, así como transportistas que resisten la violencia cotidiana. Ella aclara, con una sensatez tan grande como su valentía, que este reclamo no es un boicot contra la fiesta futbolera. “Esto no es contra el Mundial. Esto no es contra el deporte. Esto no es contra la celebración”, escribe. Su exigencia se dirige, en cambio, “contra la costumbre de aplazar los problemas hasta que dejen de ser noticia”, contra la indiferencia y contra el silencio institucional que pretende sepultar la realidad bajo el confeti.
La postura de Brenda es un llamado a la conciencia colectiva. No nos pide apagar las televisiones ni acallar los gritos de gol; nos pide asumir que, por debajo de la algarabía, las heridas del país siguen abiertas y sangrando. La ausencia no se suspende por decreto ni el dolor se congela por calendario. Mientras el país celebra con júbilo el reciente triunfo de la Selección mexicana sobre Sudáfrica en su debut, las protestas simultáneas en el corazón de la Ciudad de México nos recuerdan que México carga a cuestas la escalofriante cifra de 134 mil personas desaparecidas.
La maquinaria del olvido no se detiene ni en los días de inauguración. De acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, el pasado jueves 11 de junio, mientras el balón rodaba por primera vez en la competencia oficial, siete personas desaparecieron en territorio nacional. Sus nombres se sumaron a la estadística de la infamia en plena inauguración: una adolescente de 14 años en Indaparapeo, Michoacán, y un jovencito de la misma edad en el puerto de Veracruz; una joven de 15 años en Huimanguillo, Tabasco; otra de 17 en Yautepec, Morelos; una mujer de 22 en Huaniqueo, Michoacán; un hombre de 29 en Uruapan, Michoacán, y otro de 34 años en la alcaldía Cuauhtémoc de la Ciudad de México. Este último caso ocurrió precisamente en la demarcación donde se encuentra el Ángel de la Independencia, lugar donde miles de aficionados se congregaron para desbordar su orgullo por la victoria del Tricolor, y donde tres aficionados insensibles se cubrieron de la lluvia con una manta que llevaban las madres buscadoras, con las fotos de sus seres queridos desaparecidos.
La terca realidad nos demuestra que el torneo no es un bálsamo, sino una cortina de humo. Justo ese domingo 5 de julio, el Estadio Azteca albergará un encuentro de octavos de final. Ese mismo día, lejos del júbilo de la tribuna, la cuenta de la desesperación llegará a una fecha simbólica: Carlos Emilio cumplirá nueve meses desaparecido.
Como bien subraya Brenda Valenzuela, un país fuerte no es el que mejor esconde sus heridas, sino el que tiene la dignidad de sanarlas. No se trata de cancelar una legítima alegría deportiva, sino de mantener la mirada fija en lo que verdaderamente importa. Mientras más intenso sea el esfuerzo del gobierno y de algunos medios de comunicación por inflar el nacionalismo en estas fechas, así como las posibilidades de éxito de la Selección mexicana en este Mundial, más duro será el regreso a la realidad.
