México entra en 2026 en un momento particularmente delicado de su relación bilateral con Estados Unidos, y no sólo por las tensiones coyunturales, sino por el peso de la historia y la magnitud de los intereses en juego.
No es un año cualquiera: se cumplen 180 años del inicio de las hostilidades de la guerra de 1846-1848, un conflicto que marcó de manera indeleble la relación de los dos países. Uno de sus antecedentes más claros fue la orden que el entonces presidente James Polk dio al general Zachary Taylor, el 13 de enero de 1846, para ocupar la franja de territorio disputada entre los ríos Nueces y Bravo.
Aquel movimiento militar fue leído por México como una provocación y desembocó en un conflicto desastroso para el país. Recordarlo no es una divagación, sino una advertencia sobre cómo los gestos y las decisiones políticas pueden escalar conflictos en momentos sensibles.
Éste, sin duda lo es. Se prevé que en unos días comiencen los encuentros formales para la revisión del Tratado entre México, EU y Canadá. El T-MEC no es un acuerdo más: es la columna vertebral de la economía mexicana, el marco que regula el acceso a su principal mercado de exportación y pieza central de su estabilidad. En ese contexto, México tendría que cuidar con especial celo lo que dice y lo que hace en política exterior, en particular de cara al conflicto abierto entre EU y Venezuela.
El papel del gobierno es defender los intereses del país, no los del chavismo. Esa distinción parece obvia, pero no siempre se refleja en el discurso ni en los gestos.
Por eso resulta preocupante la posposición, “hasta nueva fecha”, de la reunión de la Comisión de Marina del Senado de la República, que debió realizarse el lunes, en la que se analizaría la autorización para el ingreso de una treintena de elementos de la Marina estadunidense, quienes participarían en un curso de capacitación dirigido a personal de la Armada de México, programado del 19 de enero al 15 de abril.
De acuerdo con la solicitud enviada al Senado por la presidenta Claudia Sheinbaum, la llegada de los militares extranjeros al aeropuerto de Toluca está prevista para el 12 de enero. El calendario deja poco margen: si se quiere cumplir con el procedimiento constitucional, habría que convocar de inmediato a un periodo extraordinario del Senado para otorgar el permiso correspondiente. La posposición de la sesión de la comisión, comunicada el mismo día en que se conoció la intervención en Venezuela, abre inevitablemente la puerta a la especulación.
Es posible, desde luego, que una cosa y otra no tengan relación. Pero por eso el manejo del asunto resulta tan torpe. Si el diferimiento no está relacionado con la crisis venezolana, debiera decirse con claridad. Si, por el contrario, existe un vínculo político entre ambos hechos, también debería explicarse públicamente. Dejar las cosas en el aire puede ser dañino para la relación bilateral, justo en estos momentos tan decisivos.
Tampoco debería sorprender a nadie que la posición mexicana adoptada frente a la captura de Nicolás Maduro termine contaminando la negociación comercial. Salir a defender, desde la cabeza del Estado, a un sátrapa señalado por graves violaciones a los derechos humanos y por haberse robado la elección presidencial de 2024 no es, francamente, lo que más conviene a México en esta coyuntura. Tampoco, aumentar los envíos de petróleo regalado a Cuba. En Washington esas posturas no pasan desapercibidas y suelen tener consecuencias más allá del terreno retórico.
Aquí cabe una pregunta: ¿acaso le debemos algo a Venezuela? Sólo así se entendería que México haya salido a denunciar la acción militar estadunidense con una fuerza que no se vio, ni de lejos, cuando Rusia invadió Ucrania. Asimismo, que se adopte la defensa de Maduro cuando la sociedad mexicana está polarizada sobre su juicio en Nueva York (Encuesta Áltica, 3-4 de enero de 2026).
La política exterior selectiva, guiada más por afinidades ideológicas que por una lectura fría del interés nacional, suele salir cara. En un año cargado de simbolismos históricos y decisiones estratégicas, México haría bien en no repetir errores que ya conoce demasiado bien.
