Kratos

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

La reunión celebrada en Barcelona el fin de semana, titulada En defensa de la democracia, ha provocado una necesaria, aunque ácida, discusión sobre el significado real de este concepto.

Resulta desconcertante que en un espacio de tal calado se expresaran mensajes de solidaridad hacia el régimen de Cuba, una nación que, bajo cualquier métrica objetiva, no es una democracia. Esta disonancia cognitiva nos obliga a regresar al origen del término. En Barcelona se defendió la palabra, pero se olvidó el rigor de su significado.

Etimológicamente, democracia nace de la unión de las palabras griegas demos (pueblo) y kratos (poder o autoridad). Su uso sistemático se remonta al siglo V a.C. en la Atenas clásica, estableciendo un ideal donde el mando reside en la colectividad. Sin embargo, la flexibilidad de la raíz kratos es también una advertencia semántica. Así como el pueblo puede reclamar el mando, este sufijo permite articular otras formas de ejercicio del poder que hoy acechan al mundo. Desde la aristocracia y la plutocracia hasta la autocracia, la historia demuestra que el kratos suele buscar otros prefijos para disfrazar la voluntad de unos pocos como si fuera el destino de todos.

Se me ocurren algunas combinaciones:

• Acrestocracia, el gobierno de los inútiles (de ἄχρηστος, inservible). Es el gobierno que se guía por la premisa de “90% de lealtad, 10% de capacidad”. Es el que logra transformar un crecimiento económico mediocre de 2% promedio anual, en uno anémico, de menos de 1%, pero cuyos voceros alegan que, pese a ello, “el país va muy bien”. Es también aquél en el que la información sobre el verdadero estado de cosas se queda en los niveles bajos de la burocracia y en el que los de arriba nunca se enteran de nada o hacen como que no se enteran.

• Apractocracia, el gobierno que no lleva a ningún lado (de ἄπρακτος, infructuoso). Es el gobierno en el que se promete construir trenes que generen desarrollo, pero sólo ponen en marcha convoyes vacíos que circulan (a veces) sobre rieles que deterioran el medio ambiente y pasan por en medio de poblaciones que no los usan para transportarse ni les dan empleo. O que construyen refinerías que no refinan y sólo se incendian, y aeropuertos que están tan lejos de todo, que nadie los usa.

• Faulocracia, el gobierno barato (de φαῦλος, algo de poco valor). Es el gobierno que se amarra el codo para lo importante, mientras despilfarra en ocurrencias. Es el que practica la pobreza franciscana en el mantenimiento de las carreteras, en los sistemas de seguridad de las redes informáticas, en la anestesia y la sutura en los hospitales. Es el que ahorra en gasto corriente, pero no logra impacto estructural alguno y, así, reduce la capacidad operativa del Estado.

• Sorocracia, el gobierno del cúmulo (de σωρός, montón o acumulación). Es el gobierno de los que acumulan el poder sin saber para qué o sólo para satisfacer sus intereses mundanos. Cuando ya tienen el Ejecutivo y el Legislativo, quieren el Judicial y cuando ya tienen éste, quieren controlar a los consejeros y magistrados electorales y hasta la comisión de derechos humanos. Lo suyo es el acopio compulsivo de poder, sin orden y con el único propósito de tener la respuesta a la pregunta ¿quién manda aquí?

• Panurgocracia, el gobierno de los pícaros (de πανοῦργος, mañoso o tramposo). Es el gobierno de los que no tienen límites para imponer su deseo o su punto de vista. Si hay que cambiar una ley, se cambia. Si hay que hacerlo sin respetar el principio de no retroactividad, se hace. Si hay que usar a los inspectores fiscales para obligar a un comerciante a vender al precio que quiere la autoridad, se usan. Si hay que amenazar con expropiaciones y congelación de cuentas bancarias, lo mismo.

Al final, el kratos que ignora al logos termina siempre en el caos. Si el poder se reduce a la maña, la acumulación o la inutilidad, la democracia se vuelve un cascarón vacío. Recuperar el rigor de las palabras es quizá la última trinchera que nos queda para rescatar la dignidad del ciudadano.