Investigación selectiva: helicópteros para unos, cuotas para otros

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

En el intrincado mapa de la justicia en México, existen dos realidades paralelas que convergen únicamente para exhibir la selectividad del Estado. Por un lado, la eficiencia fulminante cuando el objetivo posee relevancia política; por el otro, la desidia burocrática y la corrosión moral cuando la víctima es una ciudadana común.  

Esta semana, el contraste entre la localización del alcalde de Taxco, Guerrero, y su padre, frente al trágico desenlace de Edith Guadalupe Valdés Zaldívar en la capital del país, ha dejado al desnudo las verdaderas prioridades de un aparato de seguridad que sólo se moviliza con determinación bajo el peso del poder.

Para encontrar al munícipe guerrerense y a su progenitor, la autoridad no escatimó. Se desplegaron operativos masivos, se coordinaron fuerzas federales y estatales, y se utilizaron aeronaves para peinar el territorio hasta garantizar su retorno. Fue una demostración de fuerza que prueba una premisa dolorosa: el gobierno sí posee la capacidad técnica y operativa para realizar búsquedas inmediatas y exitosas. Sin embargo, esa voluntad política tiene dueño. Mientras en Guerrero los motores de los helicópteros rugían en una carrera contra el tiempo, en la Ciudad de México, el tiempo de Edith Guadalupe se agotaba entre la indiferencia y el cinismo de quienes juraron protegerla.

En el primer caso, encontraron vivos a los desaparecidos (y qué bueno). En el segundo, la tardanza y desidia de los investigadores se comieron los minutos de vida que quedaban a la víctima. 

El caso de Edith Guadalupe Valdés Zaldívar es una radiografía del abandono. Una joven de 21 años, habitante de Iztapalapa, salió de su hogar con la esperanza de encontrar un empleo que le permitiera movilidad social. Pudo haber sido enganchada por una red depredadora, mediante una oferta de trabajo falsa. A pesar de que la familia proporcionó la ubicación exacta del edificio al que se había dirigido, la Fiscalía capitalina respondió con la letanía de la negligencia: el invento de las “72 horas” para actuar y el desprecio hacia una madre que ya sabía que su hija estaba en peligro.

Lo que eleva este caso a un nivel de ignominia insoportable es la denuncia de extorsión. Mientras el Estado utilizaba aeronaves para un político, un policía de investigación pedía dinero a la familia de Edith Guadalupe para “agilizar” la búsqueda. El cuerpo de Edith fue hallado en el mismo edificio al que había ido a pedir trabajo, y sólo después de que la presión social y los bloqueos viales obligaron a la autoridad a hacer lo que debió hacer desde el primer minuto.

Este escenario de contrastes brutales coincide con la llegada a México, mañana domingo, de Volker Türk, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. La visita se produce en un momento en que el gobierno federal y el capitalino intentan desesperadamente construir una narrativa de “avances” y “atención a las víctimas”. El oficialismo busca convencer al representante de la ONU de que el tema de los desaparecidos es una prioridad de Estado y que los protocolos funcionan. Sin embargo, el caso de Edith Guadalupe desmiente cualquier discurso que el gobierno le pretenda presentar.

Los colectivos de búsqueda y los familiares de víctimas han sido claros en su advertencia a Türk: no se deje engañar por el despliegue escenográfico. Y es que, más allá de los discursos, la maquinaria de justicia está oxidada por la corrupción y condicionada por la jerarquía social. Si el Estado puede usar aeronaves para un alcalde, pero permite que sus agentes extorsionen a la madre de una joven desaparecida, entonces no estamos ante una falla del sistema, sino ante un sistema que funciona exactamente para lo que fue diseñado: proteger al poder y administrar el olvido para los demás. 

La justicia en México sigue siendo un privilegio de clase. El mensaje para el Alto Comisionado es rotundo: en México, la rapidez de la justicia depende del cargo, mientras que para las familias de las mujeres sustraídas, la verdad sólo llega cuando ya es demasiado tarde.