Llevo tiempo advirtiéndolo en este espacio: la aspiración a diputado federal de Andrés Manuel López Beltrán, a quien todos conocen como Andy, se ha convertido en un verdadero dolor de cabeza para la presidenta Claudia Sheinbaum.
El problema no es tanto que el hijo del expresidente pueda perder la contienda en el distrito tabasqueño por el que quiere contender, aunque en política ninguna elección deba darse por ganada de antemano. El fondo del asunto es otro. Como he escrito aquí antes, su eventual llegada a la Cámara de Diputados representaría una amenaza directa al liderazgo de la mandataria.
Frente a una iniciativa delicada o una votación trascendental, ¿a quién le responderán realmente los legisladores de la bancada oficialista? ¿Atenderán las órdenes del coordinador parlamentario que proponga la Presidenta o buscarán la venia del hijo del fundador del movimiento?
Para colmo de males, desde que anunció sus intenciones legislativas, tras dejar a medio camino sus responsabilidades en la Secretaría de Organización de Morena, el segundón del clan López no ha parado de coleccionar escándalos.
La racha empezó con la revocación de su visa por parte del gobierno estadunidense, una medida reservada para personajes bajo sospecha. Días después aparecieron las fotografías de una prolongada cena en un exclusivo restaurante de la colonia Condesa, donde la mesa departía entre cortes finos y botellas de vino de más de 20 mil pesos.
A ese costoso episodio le siguió el hallazgo en la ciudad de Lugano, Suiza, de la lujosa residencia donde se ocultaba su amigo y socio Amílcar Olán, personaje central en las controvertidas redes de contratos del sexenio pasado.
Y apenas ayer, el diario The New York Times reveló que agencias de procuración de justicia en Estados Unidos le siguen los pasos a Andy por probables vínculos con el contrabando de combustible y el crimen organizado.
Empeñarse en mantener esa candidatura es una necedad que sólo traerá complicaciones al gobierno y al propio Andrés Manuel López Obrador, quien esta semana cumple exactamente dos años de haber dejado la banda presidencial.
La ciudadanía suele ver con profunda desconfianza a los hijos de los exmandatarios. Cuando se meten en política, la gente los percibe, con razón o sin ella, como un vehículo del padre por prolongar su influencia por la vía de la sangre. En el caso de un expresidente al que la opinión pública sigue identificando como el verdadero factor de poder en el país, la presencia de su heredero en la boleta electoral resulta una complicación insostenible para el llamado proyecto de la transformación.
Desde aquellos años en que Raúl Salinas de Gortari fue bautizado por la revista Proceso como “el hermano incómodo”, la política mexicana no atestiguaba la irrupción de un familiar de (ex) presidente tan problemático para la disciplina del régimen como Andy López Beltrán. La diferencia sustancial es que Raúl Salinas operaba desde las sombras del poder presupuestal y los negocios al amparo del Estado, mientras que el hijo del tabasqueño pretende hacerlo con reflector propio desde la tribuna del Congreso de la Unión.
La Presidenta necesita margen de maniobra, legitimidad plena y la certeza absoluta de que su bancada responde a una sola línea de mando en el Palacio Legislativo. Mantener la postulación de Andy equivale a sembrar un contrapeso interno de lealtades divididas en el corazón mismo del Poder Legislativo.
La insistencia de Andy en llegar a San Lázaro —con la venia del padre, como todo lo indica— terminará por desgastar a un gobierno que intenta proyectar un rostro propio, mientras la sombra de Palenque se alarga sobre el destino del país. La política exige sentido de oportunidad, pero sobre todo capacidad para medir los daños acumulados antes de que la factura sea demasiado costosa para el régimen.
