La historia política suele repetirse, no como rima, sino como una advertencia que los poderosos deciden ignorar.
En el México de la autodenominada Cuarta Transformación el espejismo de la unidad monolítica comienza a ceder ante la fuerza de gravedad de la ciencia política. Si observamos el panorama actual bajo la lente de Robert Michels, Giovanni Sartori, Mancur Olson y Steven Levitsky, lo que hoy parecen simples fricciones administrativas son, en realidad, los síntomas de una entropía sistémica que devora a los partidos hegemónicos desde su médula.
Michels advertía sobre la “Ley de hierro de la oligarquía”, señalando que toda organización exitosa termina concentrando el poder en una élite que, inevitablemente, se distancia de sus bases. En el movimiento gobernante, esta distancia ha comenzado a generar cortocircuitos entre la lealtad personalísima a la figura fundadora y la necesidad técnica de la nueva administración.
El caso de la reforma electoral es el ejemplo más nítido de lo que Sartori denominaba el pluralismo polarizado dentro de una hegemonía. Al no existir una oposición externa capaz de frenar el avance del régimen, la verdadera política se traslada al interior de la coalición. Las resistencias del Partido Verde y del Partido del Trabajo no son gestos de autonomía democrática, sino el cálculo de supervivencia que Mancur Olson describió en su teoría de la acción colectiva: en un sistema de excesiva concentración, los socios minoritarios deben encarecer su lealtad para no ser devorados por el centro. Si el diseño final de la reforma electoral resulta en una mayor concentración del poder, paradójicamente esto incidirá en mayores divisiones internas, pues reducirá el margen de maniobra de los aliados y dejará a facciones enteras sin incentivos para mantenerse dentro del redil.
No hemos llegado, es cierto, al extremo traumático que enfrentó el Partido Nacional Revolucionario hace casi un siglo. El próximo abril se cumplirán 90 años de la expulsión del país de Plutarco Elías Calles a manos de Lázaro Cárdenas, acto que puso fin al Maximato y consolidó el presidencialismo mexicano. Sin embargo, las grietas entre el legado de Andrés Manuel López Obrador y la gestión de Claudia Sheinbaum ya no son rumores de pasillo; son purgas institucionales. Las remociones de figuras clave como Adán Augusto López Hernández, Alejandro Gertz Manero, Antonio Romero Tellaeche y Marx Arriaga marcan un cambio de mando que busca sacudirse el peso de la sombra anterior.
El episodio del viernes pasado con Arriaga es, quizás, el más emblemático: su atrincheramiento en las oficinas de la SEP, declarándose “obradorista” frente a las decisiones de la nueva administración, ilustra perfectamente la advertencia de Levitsky sobre la “trampa del éxito”. Cuando un movimiento pierde su identidad de lucha y se convierte en burocracia, las facciones utilizan la ideología original como un escudo para proteger sus feudos personales.
Lo que resulta muy peculiar es la velocidad del proceso. El declive definitivo del PRI comenzó con la fractura de la Corriente Democrática en 1987, tras décadas de hegemonía estable. En el caso de la llamada Cuatroté, la erosión ha comenzado apenas en el relevo, mostrando que el pragmatismo que unió a grupos tan disímbolos es un pegamento de secado rápido que se resquebraja ante la primera helada política. Si el diseño institucional que se busca imponer elimina los contrapesos externos, la presión interna podría subir hasta que la caldera estalle.
La historia y la teoría coinciden: el partido que se cree invencible frente a sus rivales externos suele terminar siendo su propio y más implacable verdugo. La rapidez con la que estas grietas se ensanchan sugiere que el movimiento está pasando de la consolidación a la fragmentación sin haber transitado por una madurez institucional mínima.
