La promesa con la que llegó al poder el actual movimiento gobernante fue moralizar la vida pública y, en concreto, acabar con la corrupción. El escándalo que hoy envuelve al Instituto Nacional Electoral muestra que no sólo no ha logrado ese objetivo, sino que ha creado las condiciones para que la corrupción se enraíce aún más en el servicio público.
Es imposible desligar al movimiento gobernante de la llegada de Guadalupe Taddei Zavala a la presidencia del árbitro electoral. Ella ocupó el cargo en abril de 2023 mediante sorteo, tras un proceso donde el comité técnico encargado de elaborar las quintetas contó con una clara mayoría de integrantes afines al oficialismo. Por si fuera poco, tiempo después la Sala Superior del Tribunal Electoral y el grupo mayoritario en el Congreso otorgaron a Taddei un nivel de discrecionalidad insólito para nombrar funcionarios clave dentro del organismo, facultad que históricamente se ejercía de manera colegiada en el Consejo General.
La presunta corrupción en el INE, un organismo que durante muchos años representó un referente internacional de eficiencia, no es un accidente de la casualidad. Es el producto directo de las prácticas operativas de la autodenominada Cuarta Transformación y apenas la punta del iceberg de lo que ocurre en una administración pública dominada por la opacidad en las adjudicaciones.
Cuando Andrés Manuel López Obrador ejercía la Presidencia, sus descalificaciones contra el instituto eran cotidianas, pero el día que Taddei asumió la conducción del órgano electoral no escatimó en elogios. Aunque afirmó no conocerla en persona, reconoció que sí conocía muy bien a su familia. Esa fue una admisión del nepotismo que plagaba su gobierno, pues la nómina pública de los últimos años ha estado repleta de personajes con ese apellido. Con Taddei al frente del INE, ¿qué podía salir mal?
La situación de la consejera presidenta se volvió insostenible. Además de su salida del cargo —anunciada para concretarse hoy lunes— tendría que someterse a una investigación exhaustiva por los contratos millonarios asignados a redes de proveedores con los que mantiene una probada cercanía. Conviene detenerse a reflexionar sobre el origen y el impacto de esta crisis. El escándalo del INE bien podría generar un alto abstencionismo en las urnas y vale la pena preguntarse si ése no era el propósito deliberado al divulgar estos videos, material sensible que sólo puede provenir del ámbito oficial y no de la oposición.
Resulta altamente cuestionable el talante de quien llegue a reemplazarla de forma definitiva —por designación de la Cámara de Diputados—, pues es inevitable que el nuevo nombramiento cargue con el mismo sello de complacencia hacia el partido del gobierno y sus costumbres administrativas. Tampoco debe descartarse la intención del oficialismo de llegar a los comicios dentro de siete meses con la institución bajo el mando de un presidente interino (la ley sólo habla del “más breve plazo” para realizar la sustitución). Ahí figura el nombre del consejero Arturo Chávez, un perfil con conocidos lazos con la Presidencia de la República.
Para justificar el título de esta entrega basta mirar la escena difundida recientemente en redes sociales. El empresario José Alfredo Hernández Casillas, uno de los contratistas más favorecidos por la gestión de Taddei, graba un video en la suite de un hotel de extremo lujo en París frente a la Torre Eiffel y el Museo del Louvre, donde la noche supera los 200 mil pesos. Servidor de copas de champán en mano, el proveedor le dice al hijo de la funcionaria, Jorge Francisco Piñeda Taddei: “París a tus pies, chamaquito”. Ese derroche captura la esencia del conflicto de interés y el abuso de los recursos colectivos. Hace tiempo que el INE distaba de ser perfecto, pero jamás habíamos presenciado un nivel de desfachatez semejante.
Ante el desmoronamiento de la autoridad moral en el INE, vale la pena preguntarse, a la manera de Mario Vargas Llosa, en qué momento se jodió el Instituto. La respuesta es clara. Ocurrió en el instante preciso en que López Obrador decidió colonizarlo.
