En el nombre del padre
Sin preocuparse por la iniciativa de ley contra el nepotismo –pues ésta sólo impediría la sucesión directa entre parientes, pero no la formación de redes familiares o de dinastías en la política–, Andrés López Beltrán, hijo del expresidente Andrés Manuel ...
Sin preocuparse por la iniciativa de ley contra el nepotismo –pues ésta sólo impediría la sucesión directa entre parientes, pero no la formación de redes familiares o de dinastías en la política–, Andrés López Beltrán, hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador, recorre la geografía nacional.
Poco le falta para tener el don de la ubicuidad: un día está en Quintana Roo y otro, en Baja California; un día, en Veracruz y otro, en Sinaloa; un día, en Puebla y otro, en Yucatán.
No hay gobernador surgido de Morena que se resista a tomarse la foto con él cuando llega de visita a su estado. Tampoco se han contenido otros personajes encumbrados, como Ricardo Monreal, jefe de la bancada de los diputados morenistas, o el líder sindical Pedro Haces. Bueno, ni siquiera Gerardo Fernández Noroña, presidente de la Mesa Directiva del Senado, quien no es morenista, pero ya anunció que hoy firmará su adhesión al partido con tal de codearse con el hijo de López Obrador.
No posee el carisma de su padre, pero no le hace, pues a López Beltrán siempre lo acompaña una porra que grita “¡An-dy! ¡An-dy!” a donde quiera que va. Ésta no falló siquiera en su reciente visita a Durango, donde no gobierna Morena, pero cuyo mandatario estatal es tan cercano a la autodenominada Cuatroté que se da el lujo de jalar del brazo a la Presidenta para comentarle algo. Ni modo que Esteban Villegas no quiera hacer sentir a Andy que Durango es su casa.
El pretexto del intenso placeo es lo de menos, pero no deja de ser extraño: encargado de la secretaría de Organización de Morena, López Beltrán se ha propuesto lograr la afiliación de diez millones de personas al partido oficial. Hasta ahí, todo normal, pues cualquier organización busca adhesiones. Lo que sí es raro es que se esté dedicando a reafiliar. Es decir, a convertir a los conversos.
Por ello, es muy difícil no imaginarse que dicho acto sea precedido de un diálogo como éste:
—Oiga, gobernador Rocha, como que estamos dudando que esté usted comprometido con el movimiento.
—¿Yooooo?
—Sí, así que le voy a pedir que se reafilie. Para que no haya duda, pues. Voy a ir a verlo, pero asegúrese que haya un fotógrafo disponible y luego distribuya usted la foto. No crea que es para hacerme publicidad yo, sino para que no se piense que se fue usted al PAN.
Como seguramente ya se habrá dado cuenta, estimado lector, tanto ir y venir por la República está convirtiendo a Andy en la cara de Morena. Ni siquiera el cotilleo que rodea a la lideresa formal de la organización jala tanto la marca como el apellido del hijo del expresidente.
No hay muchos antecedentes de una situación así. Hasta ahora, a los vástagos de la mayoría de los expresidentes mexicanos les pasaba lo mismo que a las familias de los monarcas destronados de la Europa medieval: no se volvía a saber de ellos.
Por ejemplo, ¿qué fue del poderoso José Ramón, orgullo del nepotismo del presidente José López Portillo, después de que éste dejó el poder?
Ha habido excepciones, desde luego, y una que viene al caso mencionar es la de Rodolfo Elías Calles Chacón. Fito, como le decían, hijo de Plutarco Elías Calles, se jactaba de haber convencido a su padre de hacer presidente a Lázaro Cárdenas.
Aunque había dudas de que eso fuera cierto, Fito se integró en el gabinete, como secretario de Comunicaciones, desde donde se cercioraba que los negocios familiares marcharan bien.
Todo el mundo lo veía como el siguiente mandatario del país. Y quizá lo hubiera sido, de no haberse hartado Cárdenas de la intervención de la familia Calles en su gobierno y no los hubiera mandado al padre y a él al exilio.
Así fue con Lázaro Cárdenas. Si hay otro destino posible para el hijo de un expresidente que trata de demostrar que puede haber más de un sol en el firmamento, habrá que verlo, pero eso significaría que el sistema político mexicano se ha transformado.
