El peaje de Trump
Han pasado seis meses de que se asestó un golpe directo a uno de los motores de la economía mexicana. Por estos días se cumple medio año de que las manufactureras automotrices instaladas en México comenzaron a pagar el gravoso arancel de 25% impuesto por presidente ...
Han pasado seis meses de que se asestó un golpe directo a uno de los motores de la economía mexicana.
Por estos días se cumple medio año de que las manufactureras automotrices instaladas en México comenzaron a pagar el gravoso arancel de 25% impuesto por presidente estadunidense Donald Trump a la importación de vehículos ligeros mexicanos.
Es un pretexto ineludible para examinar el costo de esta política de America First (Estados Unidos Primero) en nuestra realidad económica.
La industria automotriz es, sin exagerar, una pieza central del andamiaje productivo de México. Su peso en la economía es monumental: representa entre 4 y 5% del Producto Interno Bruto (PIB), siendo una de las principales fuentes de empleo formal y de divisas.
Este sector es el ejemplo más claro del éxito que, durante tres décadas, significó la combinación de la apertura comercial y la manufactura de exportación como el gran detonador del crecimiento nacional. Las plantas de ensamblaje, con sus sofisticadas cadenas de suministro, convirtieron a México en una plataforma de exportación global, con acceso privilegiado al mercado más grande del mundo.
Los datos recientes del sector, correspondientes al periodo enero-septiembre (que ya incorpora meses bajo la sombra del arancel), son una señal de alarma. El Registro Administrativo de la Industria Automotriz de Vehículos Ligeros del Inegi reportó ayer que la producción acumulada sumó tres millones 21 mil 554 unidades, lo que representa una ligera, pero significativa baja de -0.3% respecto del mismo periodo del año anterior. En el ámbito de las exportaciones de vehículos ligeros, la caída es mayor, con -0.94%, sumando dos millones 567 mil 172 unidades enviadas al extranjero.
Estos números, que podrían parecer marginales, son el primer indicio de un freno impuesto por la nueva barrera arancelaria. Si bien Estados Unidos sigue siendo el destino principal de nuestras exportaciones (con un sólido 78.8%), el encarecimiento del producto mexicano en su mercado está pasando factura. Esto es un golpe directo a la competitividad que México forjó durante años.
La amenaza no se detiene en los vehículos ligeros. El anuncio más reciente de Trump sobre un arancel de 25% a los camiones medianos y pesados a partir del 1 de noviembre, bajo el pretexto de la seguridad nacional (Sección 232), añade una nueva capa de incertidumbre. La industria de vehículos pesados en México es otro sector de vital importancia, y si esta nueva tarifa se suma a los ya vigentes aranceles a los vehículos ligeros, el efecto dominó sobre la economía mexicana podría ser considerable.
El efecto de los aranceles no se siente únicamente en la producción y exportación; también se percibe en las ventas internas, que cayeron -0.55% en los primeros nueve meses. Las caídas en grandes marcas como General Motors (-5.6%) y el desplome de algunas marcas chinas que recién se establecían, demuestran que la incertidumbre y las disrupciones en la cadena de valor tienen consecuencias en toda la industria, desde la planta hasta el consumidor.
Es imperativo que el gobierno mexicano mantenga una postura firme y estratégica para mitigar estos daños. El pretexto de los seis meses del arancel debe servir como un espejo para reflexionar sobre la vulnerabilidad de nuestra economía ante el proteccionismo de nuestro principal socio comercial. El modelo de crecimiento basado en la exportación, si bien exitoso, requiere de una urgente diversificación de mercados y, sobre todo, de la defensa contundente de las reglas de juego. De lo contrario, los aranceles de Trump seguirán siendo un pesado lastre que no sólo afecta a las automotrices, sino que también mina el potencial de crecimiento de todo México. Y podrían volverse el piso de negociación durante la próxima revisión del T-MEC.
Por último, pero no menos importante, hay que entender que en este contexto México no debe meterse el pie solito. Decisiones como la reforma a la Ley de Amparo sólo sirven para espantar aún más a los ya escamados inversionistas, en un clima de por sí incierto.
