El nuevo show de Noroña

El anuncio de ayer del senador Gerardo Fernández Noroña, sobre su solicitud de licencia para realizar un viaje a Palestina financiado por Emiratos Árabes Unidos, se inscribe perfectamente en el libreto que mejor domina el legislador: el escándalo. Fernández Noroña no ...

El anuncio de ayer del senador Gerardo Fernández Noroña, sobre su solicitud de licencia para realizar un viaje a Palestina financiado por Emiratos Árabes Unidos, se inscribe perfectamente en el libreto que mejor domina el legislador: el escándalo.

Fernández Noroña no es ajeno al alboroto ni a la polarización; de hecho, parece nutrirse de ellos. Su proclividad al exhibicionismo es una constante en su carrera política.

Recientemente, el legislador ha sido objeto de fuertes críticas por una serie de episodios que parecen colisionar con el discurso de austeridad que él y su movimiento enarbolan. La información sobre la adquisición de una residencia en Tepoztlán, Morelos; su viaje en clase business para asistir a un encuentro internacional de dudosa trascendencia para el país; los ingresos que percibe a través de sus transmisiones en YouTube y, particularmente, el uso de un avión privado para una gira por Coahuila, han puesto en entredicho su congruencia y han alimentado la percepción de una vida de lujos para un político que se dice “del pueblo”.

En principio, el viaje de un senador, motivado por sus inclinaciones ideológicas y simpatías políticas, debería ser un asunto personal que no merezca mayor escrutinio público; al final, cada quien es libre de apoyar la causa que le parezca justa. Sin embargo, el anuncio de este viaje a Palestina, y la manera en que ha sido orquestado, trasciende el ámbito de las preferencias.

La visita se anuncia en un contexto geopolítico sumamente delicado, y al manifestar su solidaridad de esta forma tan pública, Fernández Noroña se posiciona, implícitamente, frente a hechos dolorosos que afectaron directamente a ciudadanos mexicanos.   

Es inevitable recordar que Hamás, la organización político-militar que gobierna de facto la franja de Gaza, fue responsable del asesinato del connacional Orión Hernández y del secuestro y vejación de la también mexicana Ilana Gritzewsky durante el ataque a Israel del 7 de octubre de 2023.

Nadie en México desea el sufrimiento del pueblo palestino, y la tragedia humanitaria en la región es innegable. No obstante, al solidarizarse con Palestina, y con el matiz que le da el senador, cabe preguntarse si no se está incurriendo en una peligrosa simplificación que ignora la complejidad del conflicto y, lo que es más grave, si no implica una tácita validación del daño infligido a nuestros compatriotas y de la invasión territorial perpetrada por Hamás contra un país soberano en octubre de 2023. El equilibrio diplomático exige una condena inequívoca a todo acto de terrorismo, sin importar la causa que lo invoque.

Pero el aspecto más preocupante es, sin duda, la financiación. Aceptar que un gobierno extranjero, en este caso Emiratos Árabes Unidos, costee un viaje para un legislador en funciones, bajo el argumento de la “solidaridad” con una causa política, abre una grieta ética y legal. Un senador de la República no es un ciudadano común; es un representante del Estado.

Permitir que un gobierno foráneo pague sus actividades, incluso durante una licencia, puede ser interpretado como un conflicto de interés o, peor aún, como una potencial violación a las leyes mexicanas que prohíben a los servidores públicos recibir obsequios o beneficios de entidades extranjeras en el ejercicio o con motivo de sus funciones.

¿Cuál es el compromiso que adquiere México —o, al menos, su representante—, al aceptar esta “generosidad”? La independencia de criterio y la soberanía nacional no deberían estar sujetas al pago de un boleto de avión por parte de ningún país.

El viaje del también exprecandidato presidencial es, por tanto, más que una mera expresión de activismo personal. Es un acto envuelto en la polémica de su estilo de vida, que choca con la trágica realidad de los mexicanos afectados en el conflicto y que plantea serias dudas sobre la ética en el financiamiento de las actividades de un representante popular. Su licencia no borra su calidad de senador ni la sombra de la ilegalidad que recae sobre este peculiar patrocinio. Una vez más, Noroña nos obliga a debatir no sólo el fondo de sus posturas, sino la forma y la moralidad de sus acciones.

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