El imperativo del crecimiento

El bienestar y la prosperidad son aspiraciones universales, pero a menudo se discute acaloradamente sobre los medios para alcanzarlas. En su libro A Culture of Growth: The Origins of the Modern Economy 2016, el historiador económico Joel Mokyr ofrece una perspectiva clara ...

El bienestar y la prosperidad son aspiraciones universales, pero a menudo se discute acaloradamente sobre los medios para alcanzarlas.

En su libro A Culture of Growth: The Origins of the Modern Economy (2016), el historiador económico Joel Mokyr ofrece una perspectiva clara y contundente: el crecimiento económico no es un lujo, sino un imperativo fundamental para el progreso humano sostenible.

Mokyr, Nobel de Economía 2025 y uno de los pensadores más influyentes en el estudio de la Revolución Industrial y la historia de la tecnología, argumenta que el salto cualitativo hacia la modernidad y el florecimiento que experimentamos en los últimos siglos se debe a un cambio cultural profundo: la Ilustración Industrial, que valoró y promovió la utilidad del conocimiento científico y la innovación para resolver problemas económicos.

La tesis central de Mokyr es que el crecimiento económico sostenido es el motor esencial que ha permitido a la humanidad escapar de la trampa malthusiana, donde cualquier avance era rápidamente anulado por el aumento demográfico. Sólo a través de la acumulación constante de conocimiento útil y su aplicación práctica (innovación) hemos podido generar la riqueza necesaria para elevar de forma masiva los niveles de vida, mejorar la salud y ampliar las oportunidades.

Si aplicamos esta lección a la realidad mexicana, el mensaje es ineludible. Si la nación aspira seriamente a incrementar el bienestar de sus más de 130 millones de habitantes, la única vía sostenible es el crecimiento económico robusto y continuo. Reducir de largo plazo la pobreza y la desigualdad, asegurar pensiones dignas, financiar un sistema de salud universal y modernizar la infraestructura requiere una base económica que se expanda constantemente, generando mayor riqueza nacional que pueda ser redistribuida e invertida. Repartir lo que no se produce eventualmente quiebra las finanzas, de una familia o de un país.

Para que la economía mexicana entre en un ciclo de expansión, es indispensable movilizar la inversión, tanto pública como privada, nacional y extranjera. Sin embargo, la inversión es inherentemente una apuesta a futuro y sólo florece en un entorno de confianza. Esto nos lleva a la urgente necesidad de construir un buen clima de negocios anclado en pilares fundamentales: certeza jurídica, que garantice el respeto a los contratos y la propiedad; seguridad pública, que proteja a las personas y los activos, y energía suficiente y a precios competitivos, que alimente la actividad productiva.

Adicionalmente, el crecimiento de hoy debe venir acompañado de un incremento de la productividad. Una de las anclas que frena a la economía es el alto porcentaje de la Población Económicamente Activa que opera en la informalidad.

La preocupación es palpable cuando observamos las cifras recientes. Desde 2018, México no ha logrado volver a la senda de un crecimiento anual promedio de 2% que, irónicamente, el entonces candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador tildaba de “mediocre”. El promedio de crecimiento anual del país, desde 2018 hasta la fecha, se ha situado por debajo de 1%, y las proyecciones para el año en curso, 2025, sugieren que podría rondar un escaso 0.5%. Este estancamiento o crecimiento mínimo es una receta para el mantenimiento del statu quo de pobreza y desigualdad, no para su solución.

La evidencia histórica, magistralmente articulada por Mokyr, es inapelable: no puede haber bienestar amplio y sostenible sin crecimiento económico. El camino para México no pasa por soluciones mágicas o por la mera redistribución, sino por recuperar la cultura de crecimiento y productividad que es la verdadera fuente de la prosperidad.

La estabilidad no es suficiente; se necesita dinamismo. Es tiempo de que el país invierta en conocimiento, promueva la innovación y garantice las condiciones de certeza y seguridad que permitan al sector productivo prosperar y, con ello, elevar el bienestar de cada mexicano. El crecimiento es, en última instancia, el compromiso ético con las futuras generaciones.

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