Del mundo feliz a uno imaginario

Hace siete años, el movimiento en el poder prometió una transformación profunda en la que la justicia social fluiría y la corrupción sería un mal recuerdo. Sin embargo, en los últimos meses el discurso oficial ha mutado de manera sorprendente. Ya no se trata de meter ...

Hace siete años, el movimiento en el poder prometió una transformación profunda en la que la justicia social fluiría y la corrupción sería un mal recuerdo.

Sin embargo, en los últimos meses el discurso oficial ha mutado de manera sorprendente. Ya no se trata de meter la realidad a la fuerza en el molde, sino de inventarla; no se trata de proponer soluciones, sino de redefinir los problemas. Hemos pasado, sin darnos cuenta, del utópico mundo feliz al desconcertante mundo imaginario.

Este nuevo paradigma requiere de una audacia discursiva. No se trata de mentir —eso sería demasiado fácil de exhibir—, sino de ofrecer una visión alternativa de la existencia, tan simple que cualquier crítica queda desarmada por su propia complejidad.

¿Para qué reformar el sistema de salud si podemos modificar la biología humana? ¿Para qué corregir una política fiscal si podemos reescribir nuestros hábitos de consumo? El oficialismo ha descubierto que la solución más barata a los problemas nacionales no es el dinero, sino el pensamiento mágico.

Consideremos, por ejemplo, la nueva directriz económica y de salud pública. Cuando se debaten los complejos mecanismos de la inflación y la necesidad de financiamiento de las políticas sociales, el alto mando nos regala una perla de sabiduría: “En vez de comprar 30 latas de refresco en un mes, compra 29. Esto va a ayudar a tu salud y no vas a pagar más impuestos”.

Es decir, la crisis fiscal y de salud pública no tiene un fallo estructural, sino una falla de voluntad personal medida en mililitros de jarabe de maíz. El ciudadano responsable es aquel que, con un minúsculo ajuste en su carrito del súper, resuelve simultáneamente su sobrepeso y la necesidad de aumentar la recaudación. Un milagro de la autogestión disfrazada de austeridad. Si el costo de la vida sube, usted no está siendo afectado por la inflación, sino por su sed incontrolable.

Pero la reingeniería social no se detiene en el refrigerador. El segundo acto de este teatro del absurdo nos lleva al sistema educativo, donde la deserción escolar ha sido, de pronto, eliminada por decreto demográfico. Ante las cifras preocupantes de niños y jóvenes que abandonan las aulas, la respuesta oficial es de una lógica aplastante: “Ya hay menos niños que solicitan servicios educativos... porque los niños que no nacen no van a la escuela”.

Aquí se nos enseña una verdad fundamental: los niños que no existen no desertan. El problema no es que los niños abandonen la escuela por falta de recursos, transporte o seguridad; el problema es que la población no se reproduce al ritmo que el sistema educativo necesita para justificar su éxito. La disminución de la matrícula no es una alerta roja, sino una señal verde de que la biología está alineada con los objetivos oficialistas. En este mundo imaginario, la falta de alumnos es la prueba irrefutable de que no hay abandono.

Y la joya de la corona, el clímax de la nueva filosofía de gobierno, se encuentra en el sector salud. Ante el persistente y documentado desabasto de medicamentos esenciales, la solución ofrecida es de una sencillez conmovedora: “La solución es no enfermarnos”. Esta frase, que debería adornar la entrada de cada hospital, es el epítome del mundo imaginario. El gobierno no tiene que garantizar el suministro; el ciudadano tiene que garantizar su salud perfecta. La enfermedad se convierte en un acto de desobediencia civil. ¿Sufre de cáncer? Hágase un favor y decida no tenerlo.

En esencia, el mensaje es claro: todos los problemas complejos que enfrenta la nación —la sanidad, la educación, la economía— pueden ser reducidos a una simple elección personal: un refresco menos, un nacimiento no ocurrido, una enfermedad evitada. Nos invitan a cerrar los ojos ante la realidad, no para evadirla, sino para reetiquetarla con un nombre más conveniente.

El mundo “feliz, feliz, feliz” se desvaneció, no llegó ni a siete años de vida, pero a cambio nos han dado el poder supremo de vivir en uno donde el gobierno es perfecto, porque la responsabilidad de toda imperfección recae, milagrosamente, en nuestra propia incapacidad para dejar de tener problemas.

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