La Cuatroté y el dinero: ¿ceguera selectiva o aspiracionismo?

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

Ayer, en su artículo de Excélsior, Mario Luis Fuentes escribió que la conferencia matutina de Palacio Nacional  “ya no garantiza por sí sola el control de la agenda ni la cohesión política”, porque “la comunicación pierde capacidad de persuasión cuando deja de ofrecer una interpretación reconocible de la realidad”. 

Un ejemplo claro de cómo el mensaje mañanero se ha distanciado de los hechos se dio en la conferencia de ayer mismo. Ante una pregunta sobre la relación de la izquierda con las clases medias, la Presidenta afirmó que la felicidad no depende del dinero ni de acumular mercancías, sosteniendo que el propósito de la autodenominada Cuarta Transformación radica en construir una sociedad en la que las personas alcancen la plenitud espiritual en el amor al prójimo, a la naturaleza, a la patria y a la familia. “Ahí está la verdadera felicidad”, dijo, no en los bienes materiales.

El problema con ese pregón es que contrasta de manera inevitable con las conductas de muchos de quienes integran el movimiento gobernante. Hay cada vez más evidencias de los beneficios personales que persiguen los funcionarios y representantes que son parte del grupo gobernante. El periodista Jorge García Orozco ha aportado muchísima información sobre el tema, exhibiendo la vida de lujos que se dan varios integrantes del oficialismo, misma que no sólo rema en sentido opuesto del discurso de “austeridad republicana”, sino que, en muchos casos, raya en la ilegalidad.

Las indagatorias y publicaciones realizadas por García Orozco han puesto al descubierto el ostentoso nivel de vida que exhiben muchos políticos de la coalición gubernamental, quienes se dejan ver con objetos de gran valor, como prendas de marca, zapatos finos, relojes de alta gama y automóviles importados. Entre sus gustos aparecen también viajes por lugares exóticos, vuelos en primera clase y cenas en restaurantes reconocidos, etcétera. También se ha revelado la compra de propiedades que, como el resto de ese tipo de gastos, superan con frecuencia los ingresos de quienes los disfrutan.

Estas muestras explícitas de riqueza material instantánea y ostentación personal entran en abierta contradicción con el discurso matutino sobre el desapego a los bienes materiales. Resulta difícil reconciliar el mandato ético de rechazar el dinero como fuente de bienestar cuando la cúpula del partido oficial aprovecha la función pública para rodearse de privilegios y objetos suntuarios. 

No está muy claro por qué los miembros de base de Morena y partidos aliados no rechazan esas prácticas de enriquecerse a costa del poder cuando lo hacen sus compañeros del movimiento: si es porque sufren de ceguera selectiva o porque aspiran ellos mismos a que la Cuarta Transformación les haga también “justicia”, en el sentido que le daban los miembros del viejo PRI hegemónico, refiriéndose al enriquecimiento personal a que había dado lugar la Revolución Mexicana. 

El cinismo del antiguo régimen mantenía, empero, cierta reserva social, mientras que en los tiempos actuales la acumulación de fortunas al amparo de la función pública se exhibe en plataformas digitales sin reserva alguna. En todo caso, existe una brecha enorme entre el discurso matutino y las acciones cotidianas de varios personajes del oficialismo. Esa brecha daña la credibilidad del proyecto de gobierno y vuelve a la mañanera, en el mejor de los casos, una prédica en el desierto y, en el peor, un ejercicio de hipocresía. 

BUSCAPIÉS 

*La semana pasada el papa León XIV recibió de manos del presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano un documento con millar y medio de nombres y rostros de personas desaparecidas, entregado a la Iglesia por los colectivos de búsqueda. El pontífice, quien hoy será intervenido quirúrgicamente, ofreció entregar un comentario escrito sobre la información que pusieron en sus manos. La verdad sobre los desaparecidos en México se abre paso, por más que las autoridades pretendan ocultarla, maquillarla o deformarla.