Con la misma piedra

Durante su sexenio, el presidente Enrique Peña Nieto afirmó en diferentes ocasiones –una de ellas, en una entrevista colectiva en la que participé– que la corrupción era parte de la cultura de México. Esa aseveración fue muy criticada entonces. En lo personal me ...

Durante su sexenio, el presidente Enrique Peña Nieto afirmó en diferentes ocasiones –una de ellas, en una entrevista colectiva en la que participé– que la corrupción era parte de la cultura de México.

Esa aseveración fue muy criticada entonces. En lo personal me niego a creer que para ser mexicano hay que ser corrupto. Afortunadamente, me vienen a la cabeza suficientes casos de personas honorables, a quienes les horroriza la mera idea de dar una mordida, como para descartar que este mal sea parte de nuestra idiosincrasia.

Lo cierto es que es que tenemos un problema con la corrupción. Un problema que se deriva –al menos en el espacio público– de la falta de controles eficaces. “En arca abierta, hasta el más justo peca”, reza un dicho popular. Creo que eso es perfectamente aplicable a nuestra realidad.

Otro problema que tenemos es que hemos normalizado los “pequeños” actos de corrupción. A menudo muchos se justifican pensando que darle una cantidad de dinero nimia a un modesto funcionario público, para facilitar un trámite o evitar una sanción, es parte del paisaje y que no hace daño.

Eso sí, todos nos escandalizamos con la “gran” corrupción, la que ocurre en la esfera política, y que hace décadas era de millones de pesos y hoy es de centenares o de miles de millones. Y ya vimos que en ella participa gente de todos los partidos políticos. Incluso la de los partidos que dicen que ellos sí van a acabar con la corrupción, que, por cierto, son todos.

Ayer le decía que el mito de que la autodenominada Cuarta Transformación no era parte de la corrupción se había derrumbado estrepitosamente. Ya era muy cuestionada esa afirmación por el caso Segalmex, pero con los hechos de este verano –desde las vacaciones de lujo de encumbrados morenistas hasta la red de huachicol fiscal que se armó entre integrantes de la Marina– ya es imposible de sostener.

Me preocupa el tema de las Fuerzas Armadas porque son instituciones que aprendí a respetar. Quiero seguir pensando que la mayoría de sus integrantes son gente dedicada a servir a la ciudadanía y no a aprovecharse de ella, y que como país debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para separar las manzanas podridas para que no contaminen a las demás.

El entonces presidente Andrés Manuel López Obrador decidió acabar con el sistema de controles ciudadanos que se estaba construyendo para acabar con la corrupción, y poner al Ejército y a la Marina al frente de tareas donde típicamente se ha hecho presente el patrimonialismo, como las aduanas y las grandes obras de infraestructura.

La premisa era que las Fuerzas Armadas no se iban a corromper. Pero no consideró –o a lo mejor sí, no lo sé– que esas instituciones están integradas por personas. Y que las personas se corrompen cuando se les deja actuar con absoluta discrecionalidad en el manejo de grandes cantidades de dinero. Eso es lo que pasó, al menos, en las aduanas y los puertos.

¿Qué hacer ahora? Lo que siempre hemos tenido que hacer: establecer controles. Eso han hecho países que han erradicado o limitado los actos de corrupción.

Tomemos el caso de Noruega, un país que suele aparecer en la cima de las listas de transparencia. No es que los noruegos sean culturalmente menos corruptos que las personas de otros países. Hay casos de corrupción en Noruega, igual que en todos lados, pero resulta que su tolerancia a esos actos es muy baja y las sanciones, muy altas. Y si no, que le pregunten a Åslaug Haga, ministra de Energía, quien perdió su cargo en 2008 por incumplir las normas de construcción en propiedades familiares, considerado una falta de integridad en la vida pública noruega (tome nota, señor Noroña).

Eso es lo que necesitamos en México: reducir nuestra tolerancia a la corrupción e instalar controles efectivos –basados en la absoluta transparencia– sobre el gasto de los recursos públicos.

Por lo pronto, es insensato seguir pensando que los miembros de las Fuerzas Armadas o de cualquier partido político son honorables por naturaleza. Todos necesitan controles.Hay que imponerlos ya. Si no, seguiremos tropezando con la misma piedra.

Temas: