En política nada sucede por accidente, dice una máxima atribuida al presidente estadunidense Franklin Delano Roosevelt. Si ocurre, agrega, es que alguien lo planeó exactamente así. De ser eso cierto, algo sucedió entre miércoles y viernes para que el sábado –¡esos sabadazos de la política mexicana!– la Fiscalía General de la República diera a conocer sendos citatorios para nueve funcionarios y exfuncionarios sinaloenses, imputados en Estados Unidos por vínculos con el Cártel de Sinaloa, así como para la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, por la presunta participación de agentes de la CIA en un operativo policiaco en la sierra de ese estado, en el que fue desmantelado un narcolaboratorio a mediados de abril.
¿Cuáles son los hechos públicos que explicarían la súbita actuación de la FGR? Notoriamente dos: 1) la visita a México del secretario de Seguridad Interior de EU, Markwayne Mullin, el viernes pasado, y 2) la serie de entrevistas que concedió la mandataria estatal chihuahuense a medios de comunicación de la Ciudad de México, iniciada el miércoles.
Sin esos hechos, resulta difícil de entender que los diez citatorios –nueve para el caso Sinaloa y uno para el caso Chihuahua– hayan salido de forma simultánea. Sin ellos, es mucha casualidad. Sobre todo, considerando lo que dijo al respecto la presidenta Claudia Sheinbaum, el sábado, en Tabasco: que se trata de simples “procedimientos”. ¿A poco es tan activa la FGR los fines de semana?
Si aplicamos la lógica rooseveltiana, las cosas sucedieron así: al mediodía del miércoles 29 de abril, se dieron a conocer desde Washington diez órdenes de aprehensión contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y nueve personas de su entorno, quienes fueron acusados de haberse relacionado con la facción de Los Chapitos, del Cártel de Sinaloa. El Departamento de Justicia estadunidense les imputó varios delitos, desde haber recurrido a la estructura del grupo criminal para asegurar la elección de Rocha en los comicios de junio de 2021 hasta dos asesinatos, pasando por la recepción de diferentes cantidades de dinero para permitir las operaciones de fabricación y trasiego de drogas. Asimismo, solicitó a México –con base en el fallo de un gran jurado y órdenes de aprehensión giradas por una corte de Nueva York– la detención de los acusados, con fines de extradición.
Repuesto del soponcio, el gobierno de México empezó a arrastrar los pies para no cumplir con la petición. Alegó la presunción de inocencia de los imputados, la soberanía nacional y hasta la falta de reciprocidad. Ninguno de esos argumentos alcanzaba para explicar por qué no se había actuado judicialmente contra ellos en México, ya que enfrentaban acusaciones muy concretas desde hacía años, como la operación que montó el cártel para impedir que actuaran los representantes electorales de la oposición, en vísperas de las elecciones de 2021, y el montaje que realizó la fiscalía sinaloense para hacer parecer que el asesinato de Héctor Melesio Cuén fue el resultado de un asalto en una gasolinería.
En medio de la resistencia para entregar a los diez de Sinaloa ocurrieron dos hechos muy significativos: 1) la entrega voluntaria a las autoridades estadunidenses de uno de los acusados, Gerardo Mérida, y 2) la afirmación del secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, quien ha visitado Sinaloa al menos ocho veces, de que nunca notó nada raro en el comportamiento de Rocha Moya. Ahora, el gobierno federal tendrá que explicar por qué, si no tenía nada contra el gobernador de Sinaloa y los suyos, la FGR, repentinamente, justo al día siguiente de la visita de Mullin, los ha mandado llamar. En ese contexto, también se da a conocer el citatorio a Campos. Recurriendo de nuevo a Roosevelt, podemos decir que se busca la interpretación de que en México la justicia es pareja. Sin embargo, a diferencia de los otros casos, éste se entregó en público. Para los sinaloenses, sin fecha ni lugar para la “entrevista” –así la calificó la propia FGR–; para ella, el miércoles, en las oficinas de la dependencia en Ciudad Juárez.
Demasiada casualidad, si uno le cree a Roosevelt, quien, por cierto, ha sido “el mejor presidente de Estados Unidos”, según la Cuatroté.
