El aplauso en el auditorio del World Trade Center fue atronador. “Esta dirigencia no tolerará la corrupción en ningún gobierno de Morena”. Así se dirigió Ariadna Montiel a los delegados que acaban de designarla como nueva dirigente del partido. Y la audiencia le aplaudió y la ovacionó, como si ella estuviera hablando de los adversarios, no de los de casa.
En otra parte de su discurso de aceptación, el domingo, Montiel llamó a sus correligionarios a hacer un examen de conciencia. Y a los gobiernos emanados de su partido, a señalar y “hacer a un lado” a quienes incurran en actos de corrupción. Asimismo, advirtió que no alcanzarán una candidatura –aunque la ganen en una encuesta– aquellos militantes que hayan caído en la tentación de enriquecerse mediante cargos públicos.
Todo eso sucedía como si no hubiese un elefante en la sala, llamado Sinaloa, estado cuyo mandatario local, Rubén Rocha Moya, acaba de pedir licencia luego de haber sido señalado por la justicia estadunidense por haber hecho tratos con un cártel de la droga. Y otro más, llamado Tabasco, cuyo exgobernador, Adán Augusto López Hernández, escuchaba el mensaje sin inmutarse; sin que, al parecer, le pesara en la conciencia que él no sólo no hizo a un lado a los corruptos, sino que nombró como encargado de la seguridad en el estado a quien resultó ser el jefe del crimen organizado.
Hay que reconocer la valentía de Montiel –o su temeridad– al mencionar la soga en la casa del ahorcado. La corrupción es el problema principal del movimiento gobernante. Es el cáncer que carcome su promesa de regenerar al país. El que entierra una estaca en el corazón del propósito explícito de sus integrantes de ser “diferentes”.
Como secretaria del Bienestar, Montiel no tenía problemas de consideración. Su trabajo consistía en la inofensiva tarea de repartir el dinero de los programas sociales. Al hacerse cargo de Morena, y recordar que esa organización ha mordido la manzana de la corrupción, hoy tiene un montón de ellos.
Al decir que “no tolerará” que los gobiernos de Morena incurran en actos de corrupción, no sólo se ha comprometido a vigilarlos, sino a denunciarlos cuando eso ocurra. Recordemos que ese partido gobierna 23 estados por sí mismo, así como una tercera parte de los municipios del país, algunos de ellos más poblados que muchas entidades, como Tijuana, Ciudad Juárez, Nezahuacóyotl e Iztapalapa.
El discurso de Montiel incluso contrasta con el de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien ayer, en su conferencia de prensa, al responder a una pregunta sobre el discurso de la nueva dirigente de su partido, negó que continuara la corrupción en los gobiernos de Morena, y dijo que el dinero que se destina a los programas sociales era el resultado de haber puesto fin a la corrupción de gobiernos anteriores.
En cuanto a negar candidaturas a los morenistas que incurran en corrupción, Montiel se topará pronto con la realidad creada por el expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien decidió que las postulaciones se ganaran vía encuesta, lo cual obliga a los interesados a volverse conocidos, y, para ello, recaudar grandes cantidades de dinero.
Como se ha comprobado en procesos electorales recientes, los meses previos al arranque de las campañas se convierten en una arena para la promoción personal. El país de llena de bardas y espectaculares con los nombres de los aspirantes. Todo eso sucede gracias al dinero que pagan, por debajo de la mesa, individuos y grupos interesados, para que los futuros gobernantes y legisladores los beneficien.
Naturalmente, se trata de un financiamiento ilegal, que a veces proviene de actividades criminales.
Si va en serio la apuesta de Montiel de moralizar al partido, de extraerlo de las prácticas políticas que otorgan dinero fácil a los participantes, tiene la oportunidad de actuar en Coahuila, donde un personaje conocido como Lord Lamborghini –famoso por su auto de 7.5 millones de pesos y su reloj de tres millones– buscará repetir, dentro de un mes, en una diputación local que obtuvo vía Morena.
Suena complicado que la nueva dirigente la emprenda contra todos esos intereses y, sobre todo, que logre erradicar esas prácticas. Buena suerte, Ariadna.
