Aztecocentrismo

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

 Hace mucho me volví aficionado a la genealogía. Esta disciplina rescata del olvido nombres y crónicas que definieron nuestro origen, transformando actas áridas en historias de carne y hueso. Es un rompecabezas donde cada hallazgo en archivos o cementerios antiguos otorga coherencia al presente. No es sólo mirar hacia atrás; es descifrar la arquitectura de la identidad propia. 

Para saber más de mi pasado familiar, contraté una prueba genómica. Aunque los resultados fueron bastante esperados –conozco los nombres y la historia de mis ocho bisabuelos y de varios de mis tatarabuelos, todos ellos agricultores–, pude comprobar que parte de mi herencia genética proviene de indígenas. Soy mestizo, como sucede con la enorme mayoría de los mexicanos. 

Esos orígenes muy probablemente no sean mesoamericanos, pues soy el primero de mi familia amplia en haber vivido 80% de su vida en la Ciudad de México. Que yo sepa, ninguno de mis ancestros nació en la capital; yo tampoco. 

Los que desembarcaron en Veracruz en el siglo XVI partieron pronto a otras partes de la Nueva España, donde fundaron poblaciones como Valladolid (hoy Morelia) y Autlán de la Grana (hoy de Navarro). Esa rama de mi familia no salió de las sierras y valles de Jalisco en 300 años, hasta que el aguascalentense Emiliano Gámez se casó con Florencia Espinosa y se la llevó a vivir a Chihuahua. Ellos fueron los padres de mi abuela paterna.

La rama de los Beltrán del Río llegó a Chihuahua en el siglo XVIII, procedentes de Aragón, España. Los archivos dicen que en 1755 Felipe Beltrán del Río se convirtió en el primer administrador de correos de la entonces villa de San Felipe el Real de Chihuahua, por un decreto de Agustín Ahumada y Villalón, Marqués de las Amarillas, 42º virrey de la Nueva España.

Es decir, la rama familiar de mi padre lleva siglos asentada en este vasto territorio que hoy se llama México. Sólo que los componentes indígenas de mi biología no son del centro del país sino, hasta donde sé, del occidente y el norte de México. 

Cuento todo esto porque escuché a la presidenta Claudia Sheinbaum decir en Barcelona que ella proviene de “la Pirámide del Sol, de Tláloc, de Huitzilopochtli y de Coatlicue”. Entiendo que no estaba hablando de su propia herencia genética, sino sintetizando así la historia de sus gobernados. 

Como digo arriba, yo soy mexicano de raíces muy profundas, pero no soy mesoamericano más que por adopción, por haber venido de niño a vivir a la capital. Y como norteño, reivindico mi historia, que es la historia de muchos mexicanos.

Entiendo y no discuto que el escudo nacional sea el águila devorando la serpiente, pero eso es porque la conquista española se hizo a partir del islote de Tenochtitlan. De aquí salieron en todas las direcciones quienes fundaron la mayoría de las grandes ciudades que tiene actualmente el país.

Mis ancestros indígenas son, con mayor probabilidad, rarámuris, otomíes y purépechas, que mexicas. Por eso, dichos ancestros no adoraban a Huitzilopochtli, Tláloc y Coatlicue sino a otros dioses, con nombres como Onorúame, Otontecuhtli y Kurhikuaeri. Los rarámuris ya estaban asentados en las montañas de lo que hoy es Chihuahua más de dos mil años antes de que los mexicas arribaran al Valle de México.

El aztecocentrismo con el que se relata la historia de México desde la capital es pernicioso porque olvida la enorme riqueza cultural de México. La Pirámide del Sol tiene tanto que ver en la cosmogonía de los antiguos habitantes del norte de México que las pirámides de Giza. 

Lo es, además, porque los mexicas sometieron a los pueblos vecinos mediante la violencia, algo que permitió a los conquistadores españoles formar las alianzas que facilitaron la toma de Tenochtitlan.

Ese centralismo cultural es parte del centralismo político que han padecido y siguen padeciendo los estados de la República, a los que se ha discriminado con frases como “fuera de México, todo es Cuautitlán”.

Reclamar nuestro pasado diverso es el antídoto contra el centralismo. México no nació en un islote; su identidad es un mosaico de desiertos, montañas y selvas donde cada raíz, desde el norte hasta el sur, cuenta una historia propia y digna.