Anatomía de un voto

La apatía y el desconocimiento dominan el escenario en los días previos de la elección judicial del próximo domingo, un proceso que convertirá a México en el primer país en elegir a todos sus juzgadores. Para comenzar, no parece haber claridad sobre qué se vota ni ...

La apatía y el desconocimiento dominan el escenario en los días previos de la elección judicial del próximo domingo, un proceso que convertirá a México en el primer país en elegir a todos sus juzgadores.

Para comenzar, no parece haber claridad sobre qué se vota ni por qué hay que hacerlo. Peor aún, hasta para los interesados resulta difícil explicar cómo se vota. Ésta no es una elección como a la que está acostumbrada la ciudadanía. La casilla seguramente no estará en el lugar donde suele encontrarla el votante; el número de boletas será mayor a lo habitual; no aparecerán en ellas los emblemas de los partidos políticos, con los que se ha familiarizado el elector, sino una larga lista de nombres; los cargos en disputa poco o nada dirán a la mayoría, y los sufragios no se contarán en la casilla.

Quizá por eso la discusión sobre estos comicios no está en los cafés, los lugares de trabajo o las reuniones familiares. Esta vez nadie se pelea hasta con sus amigos a causa de su preferencia por alguna candidatura, como ha venido pasando con las elecciones de los últimos 25 años.

En realidad, el debate sólo está en el llamado círculo rojo, el de quienes tienen, por afición o labor profesional, la costumbre de hablar sobre política. Allí hay tres posiciones:

1) La de los miembros y simpatizantes del oficialismo. Para ellos, la elección es casus belli. Se trata de derrotar a la oposición en el único terreno en el que, juzgan ellos, aún están en minoría. Quieren que ocupen las posiciones de ministros, magistrados y jueces personas que compartan su visión y no pongan obstáculos a las acciones del gobierno.

2) La de los opositores que creen que, con ir a votar y elegir a los candidatos que no están identificados con el oficialismo, se puede impedir que éste se salga con la suya. Su esperanza es como la de quien juega al catenaccio en el futbol, tratando de que no le metan gol y que, en un golpe de suerte, pueda empatar y hasta ganar.

3) La de los escépticos, quienes piensan que este proceso surgió de la perversidad y no de una demanda popular para elegir a los juzgadores. Que, por seguir con la analogía futbolera, el partido está comprado, el resultado está cantado, y, siendo así las cosas, pagar una entrada y asistir al estadio para ver una farsa sólo beneficia al dueño del espectáculo.

No me queda duda que dentro de seis días el oficialismo hará todo lo que pueda para engrosar la participación en el proceso, además de asegurar que sus candidatos ganen. Tendrá que hacerlo por medios artificiales, pues, como le digo, no se nota en la calle entusiasmo alguno por ir votar.

Prueba de la apuesta por la movilización de sus militantes y simpatizantes son los acordeones que han circulado en las redes sociales, conjuntos de números con los que los votantes aleccionados llenarán las boletas como si se tratara de jugar al Melate. Más aún, el INE acaba de decir que no es ilegal llegar a la urna con uno de esos papelitos impresos.

Ante ese panorama, son casi nulas las posibilidades de que ganen candidatos que no estén dispuestos a ser juzgadores que sólo acaten órdenes. Quienes piensan que su voto puede ser el decisivo para evitar que el oficialismo inserte el último clavo en el ataúd de la división de Poderes seguramente terminarán decepcionados.

En días recientes, he leído a personas inteligentes argumentar que no sufragar le hace un favor al oficialismo. Sinceramente no veo cómo, pues está muy claro que más allá del porcentaje de participación, bastarán pocos votos para que triunfen los candidatos que aparecen en los acordeones.

Quizá desconocen que el abstencionismo fue el motor que impulsó la reforma política de 1964 –que abrió la puerta al pluralismo–, pues el entonces partido hegemónico se dio cuenta de que no bastaba ganar, sino que debía hacerlo con legitimidad.

El que culmina el domingo es un proceso que no surgió de una demanda popular, que fue impuesto en el Congreso mediante una mayoría ilegítima y que no tendrá otro resultado que el sometimiento del Poder Judicial. ¿Usted pagaría por ver un partido de futbol sabiendo que tiene reglas y árbitro a modo?

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