La llamada Operación Resolución Absoluta no es sólo un episodio más en la larga y turbulenta historia de la política hemisférica. Es, sobre todo, una señal inequívoca de que la geopolítica mundial está cambiando de piel. Por primera vez, Estados Unidos intervino de manera directa en un país de Sudamérica; y por primera vez, también, se llevó al líder de un Estado para juzgarlo en territorio estadounidense. El mensaje es tan claro como incómodo: las viejas líneas rojas se están borrando.
Conviene decirlo sin rodeos: Nicolás Maduro rigió su país como dictador. Eso no se debe olvidar ni matizar por conveniencia diplomática. Gobernó sin contrapesos, persiguió a la oposición y convirtió las elecciones en una simulación. El fraude que le permitió reelegirse fue evidente: el oficialismo jamás presentó actas verificables, mientras la oposición sí lo hizo. Ese dato, elemental para cualquier demócrata, fue ignorado por varios gobiernos de la región, entre ellos el de México. Con su postura frente a los hechos del 3 de enero, la Cancillería mexicana dejó claro que la democracia en Venezuela no era su prioridad. Nunca condenó el fraude. Si lo hubiera hecho —y al mismo tiempo hubiera llamado a evitar una escalada militar— su posición habría sido equilibrada y defendible. No ocurrió. Y ese silencio pesa.
El pretexto habitual para justificarlo fue el respeto a la autodeterminación. Pero ese argumento cae por su propio peso. En años recientes, el gobierno mexicano ha opinado abiertamente sobre elecciones y procesos políticos en Perú, Ecuador, Honduras, Guatemala, Bolivia y Argentina. ¿Por qué Venezuela sería la excepción? La respuesta es incómoda pero evidente: la postura mexicana es ideológica. Y las ideologías, cuando se convierten en dogma, suelen nublar el interés nacional.
Ese olvido resulta riesgoso si se considera la relación especial que México tiene con EU. No sólo es su principal mercado de exportación; también está por iniciarse, este mismo mes, el proceso de revisión del T-MEC. En ese contexto, lanzar una condena moral a modo tiene costos. Basta escuchar a Washington. En las palabras de Donald Trump, Marco Rubio, Pete Hegseth y de otros funcionarios estadunidenses, queda claro que México sigue en el radar por la profunda penetración de los cárteles en su territorio. No es un tema retórico: es una preocupación estratégica.
Rubio lo dijo con brutal franqueza en la conferencia del sábado en Mar-a-Lago, Florida. Si alguien pensaba que Trump es un presidente que está jugando, sentenció, “ahora ya saben” que no es así. La frase, breve y seca, resume un cambio de tono y de método. Después de los bombardeos en Irán y en Venezuela, sería insensato descartar alguna acción directa estadunidense contra los cárteles en México.
Aquí es donde la discusión deja de ser teórica. ¿Qué haría México en un escenario así? ¿Condenaría la intervención o aceptaría tácitamente una acción que, aunque violatoria de la soberanía, atacaría a organizaciones criminales que han capturado regiones enteras del país? No hay respuestas fáciles, pero sí una certeza: las decisiones que se tomen —o que se eviten— tendrán consecuencias profundas.
La operación militar en Venezuela marca un antes y un después. El mundo que conocíamos, donde ciertas reglas no escritas parecían intocables, está quedando atrás. Washington ha decidido actuar con una lógica distinta, más cruda, menos ceremonial. Frente a ese nuevo tablero, la ambigüedad ya no es una virtud. Para quienes aún dudan de la seriedad del momento, para quienes creen que todo es retórica o amague, vale repetir la advertencia: ahora ya saben.
BUSCAPIÉS
Las imágenes de los bombardeos en Venezuela y de Maduro encadenado, siendo conducido a prisión, no deben distraernos de un asunto fundamental en casa: el descarrilamiento del Tren Interoceánico, un proyecto que fue echado a andar por la autodenominada Cuarta Transformación con deficiencias, como ruedas oxidadas y durmientes apolillados. ¿Será seria la investigación que realice al respecto la FGR o nos quedaremos sin saber las razones del percance mortal, como ha ocurrido con el del buque Cuauhtémoc?
