Adiós, hazaña ingenieril y símbolo de la Guerra Fría
Después de 61 años, la embajada de Estados Unidos en esta capital se mudará de su ubicación, a unos pasos del Ángel de la Independencia, y dejará de ser parte del paisaje del Paseo de la Reforma. El inmueble fue inaugurado el sábado 20 de junio de 1964, por José ...
Después de 61 años, la embajada de Estados Unidos en esta capital se mudará de su ubicación, a unos pasos del Ángel de la Independencia, y dejará de ser parte del paisaje del Paseo de la Reforma.
El inmueble fue inaugurado el sábado 20 de junio de 1964, por José Gorostiza, secretario de Relaciones Exteriores, y Fulton Freeman, embajador de Estados Unidos en México, con la presencia de una delegación del vecino país, encabezada por John McClellan, influyente senador demócrata por Arkansas.
De acuerdo con la información que publicaron en estas páginas los reporteros Miguel Ángel Álvarez y Jesús Lozano, el inmueble se construyó con un estilo arquitectónico que hace homenaje a los edificios coloniales de la capital mexicana.
Este “alarde de la técnica de ingeniería” tuvo un costo de 6.3 millones de dólares, cantidad que corresponde a unos 65 millones de dólares actuales. Se utilizaron 420 toneladas de mármol, traído de Italia. Se le denominó “la embajada flotante”, pues, en lugar de pilotes, tiene muros de contención de concreto impermeabilizado “con los que se formó un bloque sólido a semejanza de una quilla de barco, lo que permite al edificio ‘flotar’ sobre nuestro subsuelo”, explicó Lozano en su nota.
Antes de la inauguración, el edificio pasó por pruebas de resistencia, en las que se utilizó un avión bimotor, al que se le retiraron las alas, para generar un viento de 169 kilómetros por hora, y mediante rayos infrarrojos se le sometió a una temperatura de 71 grados Celsius, sin que se produjeran daños.
Esa sede diplomática sustituyó a la de la calle de Lafragua esquina con Paseo de la Reforma, que de acuerdo con una nota de Excélsior, del 25 de mayo de 1951, recibió la bendición del arzobispo Luis María Martínez. La misma información indica que en esas fechas se realizaba la mudanza de la sede anterior, en la avenida Morelos.
El edificio inaugurado en 1964 fue uno de los epicentros de la Guerra Fría, cuando la Ciudad de México se llenó de espías de las superpotencias y sus aliados. En una entrevista que le realicé en 2007, el entonces jefe de la contrainteligencia soviética, Oleg Nechiporenko —quien sería expulsado del país por el presidente Luis Echeverría en 1971—, me relató que el día en que inauguraron la misión diplomática estadunidense, él aprovechó que el inmueble fue abierto unas horas al público y subió hasta el quinto piso, donde se ubicaría la oficina del embajador, y se sentó en su escritorio y dio vueltas en la silla giratoria.
El número 305 de Paseo de la Reforma —en su momento la segunda embajada de EU más grande del mundo, después de la de Londres— también se convirtió rápidamente en destino de manifestaciones de quienes condenaban el “imperialismo yanqui”, al grado de que poco a poco tuvo que reforzar su seguridad, cerrando el paso peatonal en el camellón que se encuentra delante del edificio y la calle de Río Danubio, que lo flanquea.
Sobre esa vía fue común ver, durante muchos años, las filas de solicitantes de visa, un proceso que ahora se realiza de forma primordialmente digital.
En ese edificio tuve la oportunidad de entrevistar a todos los embajadores que ha tenido la Unión Americana en México, de Tony Garza a Ken Salazar, luego de mi regreso a México en 1999, tras haber sido corresponsal en Washington, DC.
Aún me falta entrevistar al actual embajador, Ronald Johnson, espero poder hacerlo pronto en la nueve sede diplomática, en la calzada Legaria, o donde lo indique la embajada.
Desde hace un par de semanas, por cierto, comenzó la mudanza del personal a esa dirección, proceso que demorará cerca de un mes. Ayer ocurrió la de los servicios consulares.
Así comenzará una nueva etapa en las relaciones bilaterales entre México y Estados Unidos. En cuanto al destino del edificio a punto de ser desocupado, no cabe duda que no faltarán personas interesadas, pues se trata de uno de los terrenos más cotizados de la capital. Por cierto, ¿cuánto costará hoy el terreno de cinco mil metros cuadrados, que fue comprado en los años sesenta en dos millones de dólares?
