2024: el inevitable retorno del diálogo

La denominada “coordinadora de Defensa de la Transformación” ha venido pronosticando que la alianza encabezada por Morena se llevará carro completo en la elección que tendrá lugar en ocho meses. El miércoles pasado, en visita al Senado, ClaudiaSheinbaumrepitió ...

La denominada “coordinadora de Defensa de la Transformación” ha venido pronosticando que la alianza encabezada por Morena se llevará carro completo en la elección que tendrá lugar en ocho meses. El miércoles pasado, en visita al Senado, Claudia Sheinbaum repitió el augurio. Ganarán —aseguró a sus compañeros— todos los cargos en disputa. De entrada, la Presidencia, la Cámara de Diputados y el Senado.

No se puede recriminar que la virtual candidata presidencial lance tal arenga —ni modo que diga que están compitiendo para perder—, pero no hay, hoy en día, señal alguna de que así ocurrirá.

Me queda claro que el presidente Andrés Manuel López Obrador quisiera que su movimiento repitiera el holgado triunfo que él encabezó en 2018, para, entre otras cosas, remodelar el Poder Judicial a su antojo. Sin embargo, su plan C —como bautizó el mandatario a ese propósito— no es sino un deseo que difícilmente se realizará.

Entre otras razones, porque el tabasqueño se ha dedicado a hostilizar a la clase media, cuando fue el apoyo de ella la que le permitió gobernar durante su primer trienio con mayoría calificada en la Cámara de Diputados. Ese soporte lo perdió en 2021 y no hay evidencias de que lo haya recuperado y, menos, que Sheinbaum se lo haya agenciado, sobre todo porque fue ella quien más resintió aquel descalabro.

Los datos disponibles hacen pensar que los comicios que se avecinan serán mucho más cerrados que los de 2018. Y que, gane quien gane, la Presidencia tendrá que echar mano de sus capacidades para negociar con la oposición legislativa. Ése será uno de los mayores retos del próximo sexenio. Hasta ahora, el Ejecutivo ha podido enviar iniciativas esperando que sean aprobadas sin cambiarles una coma, pero, a partir de septiembre del próximo año, la realidad política seguramente dará un vuelco y el Congreso volverá a ser el órgano de control que debe ser. Al menos, por cuestión numérica.

El problema es que en estos seis años de polarización, el músculo del diálogo se ha tornado flácido por desuso. El actual oficialismo se ha acostumbrado a no tener que negociar nada, y las oposiciones, a rechazar todo lo que envía el Ejecutivo.

El próximo presidente de México —que seguramente será mujer— no poseerá las capacidades discursivas que permiten al actual mandatario convertir cualquier crítica en su contra en motivo de un florido debate público. La ausencia de esa habilidad y una correlación de fuerzas más equilibrada que la actual lo obligarán a poner de nuevo en práctica las artes del acuerdo político. No será fácil después de seis años de escuchar que si los partidos llegan a consensos es porque hubo corrupción de por medio. Los primeros escépticos de tal cambio serán sus propios simpatizantes, quienes pensarán que los dialogantes han desarrollado malas mañas.

Pero no habrá otra forma de lograr que las cosas se den. A menos de que se apueste por el inmovilismo, el gobierno y la oposición tendrán que ponerse de acuerdo. Los resultados electorales mostrarán una realidad que, al principio, disgustará a las partes, especialmente a los radicales: Morena existe y no se irá; las organizaciones agrupadas en el Frente Amplio son una fuerza real y tampoco desaparecerán.

El primer paso será reconocer esa realidad. No más etiquetas como la de “traidores a la patria”. Simplemente, mexicanos que piensan distinto. Así sucede en todas las democracias.

Resistir esa realidad será creer en ilusiones y, al final, desembocará en una frustración. La mejor vía será construir futuro en torno de las coincidencias. Veo algunas en el horizonte: nadie, que yo sepa, se opone al aprovechamiento del actual entorno de inversiones conocido como nearshoring, que podría contribuir a que los mexicanos mejoren sustancialmente su nivel de vida.

Hay muchos disensos, sí, como cuál es la mejor manera de combatir la inseguridad. Ahí es donde el diálogo tendrá que hacer su magia. Ojalá se permita que la haga y desaparezca el ánimo pernicioso de que el Ejecutivo haga lo que se le pegue la regalada gana sin reparar en las consecuencias.

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