Paciencia

Aquel viejo consejo de las abuelas de que “todo llega a su tiempo” parece un anacronismo en la época en la que una simple búsqueda en Google nos da miles de respuestas en milésimas de segundo. Y, sin embargo, se vuelve cada vez más necesario en épocas de ...

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

Aquel viejo consejo de las abuelas de que “todo llega a su tiempo” parece un anacronismo en la época en la que una simple búsqueda en Google nos da miles de respuestas en milésimas de segundo. Y, sin embargo, se vuelve cada vez más necesario en épocas de incertidumbre económica.

La tecnología nos ha acostumbrado a la idea del tener cualquier cosa de manera inmediata, aquí y ahora. Pedir un taxi, comida a domicilio, o incluso encontrar pareja: todo está al alcance ya de una aplicación telefónica o del clic de un mouse.

El desarrollo tecnológico es por sí mismo un factor de crecimiento económico. Y, sin embargo, también se convirtió en trampa mortal. La innovación disparó las ganancias, pero a la vez creó un mercado demandante que volvió obligatoria la creatividad.

No todos los días se inventa un smartphone o una tablet. Transcurrieron muchos años antes de que desplazaran a la computadora personal. Y lo más seguro es que pasen varias generaciones más de estos dispositivos antes de que llegue otro que revolucione la industria y la vida cotidiana.

Eso no lo entienden los mercados, esa abstracción que pareciera tener vida propia, y que obliga a las empresas a invertir millones de dólares en desarrollo de nuevos productos que alimenten las expectativas colectivas y hagan girar la maquinaria de la que dependen el empleo, el consumo y las finanzas.

Empero, la imposibilidad material de reinventar el mundo cada año conduce a la saturación y el estancamiento. El problema es que ni la tecnología ni ningún otro sector de la actividad productiva pueden darse el lujo de la inmovilidad, en un contexto en el que cualquier cifra negativa se entiende como antesala de la recesión.

La clave, creo, es no desesperarse y analizar los números desde otra perspectiva.

Tomemos como ejemplo la comparecencia del pasado martes del secretario ejecutivo del Coneval, Gonzalo Hernández Licona, ante la Comisión Permanente, en la que expuso que la pobreza registrada en 2014 es la misma que la de 1992, a consecuencia del marginal crecimiento económico.

¿Significa que vivimos igual de mal que hace dos décadas? Es obvio que no. No dudo que el ingreso per cápita de los mexicanos registrado hasta el año pasado sea igual al de 22 años antes. Pero también es cierto que hoy miles de familias mexicanas tienen acceso a productos que en ese momento les eran inalcanzables.

Por ejemplo, en 1992 no era tan sencillo conseguir, por precio y disponibilidad, una línea telefónica. En nuestros días, es muy difícil encontrar a alguien que no cuente con un celular.

Es cierto que México ha crecido poco, pero nada se gana tratando de forzar la  maquinaria, y por ello conviene tener en cuenta las ideas del británico Andy Haldane, jefe de analistas económicos del Banco de Inglaterra, expuestas en una conferencia dictada el 17 de febrero pasado en la Universidad de Anglia del Este y titulada Creciendo rápido y lento.

Hoy el mundo suspira por tasas de crecimiento anual del PIB de dos dígitos. Pero como bien observa Haldane en su análisis histórico de largo plazo, desde la Revolución Industrial a la fecha, y con excepción de los periodos de guerra, de 1750 a la actualidad la humanidad ha crecido a un ritmo de 1.5% anual. Y el porcentaje es aún menor si se mira más atrás: en los siglos anteriores a la Revolución Industrial era de 0.01% anual. Fueron siglos en los que la esperanza de vida no sobrepasaba los 40 años.

La tecnología aceleró el crecimiento en los últimos dos siglos y medio. Entre la máquina de vapor y el auge de la computación surgió la dinámica que aceleró el bienestar a velocidad supersónica. Haldane calcula que si la historia del crecimiento fuera un reloj de 24 horas, 99% habría llegado en los últimos 20 segundos.

Lo que propone, ahora, es pensar en una dinámica en la que la humanidad valore menos la gratificación inmediata y más el ahorro a largo plazo, la inversión de hoy que redunde en el beneficio de mañana. Y no forzar a la innovación, confiar en la naturaleza impredecible del progreso tecnológico.

Como se ve en sus pausadas tasas de crecimiento, las sociedades preindustriales tuvieron más disposición a esperar. Algo habría que aprender de su paciencia.

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