Estando siempre dispuestos a ser felices, es inevitable no serlo alguna vez.
Blaise Pascal
Hay un cierto fanatismo por la felicidad, tanto, que pareciese que, en lugar de ser algo que naturalmente poseemos, se haya convertido en algo que naturalmente nos falta. Sí, la modernidad ha convertido la felicidad en un punto vulnerable en nosotros, o por lo menos eso pretende. Me resulta un juego macabro la manera en la que se procura mercantilizar la felicidad, y más cruel me parece el que alguien deba cuestionarse su propia felicidad y ceder a favor de esa idea de que la verdadera felicidad puede comprarse.
Y le diré algo, mi querido lector, la felicidad no tiene rangos: o se es feliz o no se es feliz. No hay felicidad y verdadera felicidad, sólo hay una experiencia feliz que puede ser superada por otra experiencia feliz y, así, ir sumando experiencias felices. La felicidad va más allá de una emoción o de un sentimiento, la felicidad es un estado y, como tal, puede ser permanente e impermanente. Y ése es el enigma y la belleza de la felicidad. Que su impermanencia no quiere decir que no exista, sino que continuamente muta y se transforma, igual que nuestra existencia, todo lo que conocemos, sentimos o creemos, debemos de aceptar en sí mismo su propia transformación.
Por eso no, mi querido lector, no por no estar feliz no somos felices, y por eso nada de lo que existe ahí afuera puede dotarnos de una felicidad que no seamos capaces de aceptar y gestionar en nuestro interior. Y no, no hay verdadera felicidad expuesta en vitrinas ni en experiencias que nosotros mismos no seamos capaces de sostener en nuestra propia vida. La felicidad como estado es algo que hay que aprender a crear y sostener, porque como estado no pertenece al mundo material, no es un objeto ni un sujeto, es una elección: una idea que se convierte en una emoción, en un pensamiento, en un sentimiento, en una acción, en un hábito, en un estado y, finalmente, en una identidad.
Creo profundamente que, incluso en su impermanencia, cuando parece que no está presente, está latente y permanece. Y lo sé porque cuando decide escabullirse en el silencio deja en su lugar la paz y la serenidad, dos de sus grandes aliadas. Por eso he aprendido a cederle ese respiro y a convivir con sus amistades para desafiar la inquietud, el cansancio, el dolor, la tristeza, la ira o el miedo, por eso me atrevería a decir que, además, la felicidad es sumamente inteligente: ella sabe su valía e impone con sabiduría su presencia, quizá por ello se ha ganado tanto el respeto, la admiración y el honor; y sí, quizá también por ello admite sin confrontación a quien pretende replicarla, a quien convierte su admiración en envidia y a quien, en su miseria, se cree que puede comprarla.
La felicidad es valiente, arriesgada y tan segura de sí misma que se va sin aviso previo donde no se la valora o no se la requiere. Por eso tampoco elige a quien no la elige, por eso no es prioridad para quien la tiene en segundo plano, ella no es consecuencia, ella es razón, ella es elección. Una elección arriesgada, además, porque carece de garantías: sabemos cuándo llega, pero no cuándo se va. Es rebelde, única e irremplazable… y lo sabe, vaya si lo sabe.
Con el tiempo, también he aprendido a tratarla como un estado, igual que cualquier otro estado vital, y me resulta fascinante la convivencia y el conocimiento de la esencia de cada uno de ellos, algunos se llevan bien, otros no tanto, lo interesante es saber elegir a quien se invita a la fiesta de la vida cada día y, en cada momento, con el respeto y el amor que cada uno me merece. Al final, mi querido lector, siempre es uno quien debe elegir. En lo personal, hace mucho que elijo según la filosofía estoica: Prosperar en la felicidad, es decir: estar en buenos términos con mi interior y ser coherente, no hay caminos cortos, hay que hacer el trabajo: usar la razón alineada a principios y valores, centrarse en lo que uno puede controlar y hacerse responsable. Y sí, eso es un privilegio, un nuevo lujo: el aceptar que la felicidad se crea y se elige, y decidir crearla y elegirla con el amor y respeto que merece. Como siempre, usted elige.
¡Feliz estado, feliz vida!
