Nuevos lujos I. La salud mental

Es preciso saberse amar a sí mismo, con amor sano y saludable, para saber soportarse a sí mismo y no vagabundear.

Friedrich Nietzsche

Hay lujos que se ven, que se compran, que se trabajan. Lujos que brillan en escaparates, en etiquetas, en capitales, lujos que se aprecian en historias e identidades, lujos que se traducen en perfección de lo tangible, lujos que inspiran, que conspiran, y a los que muchos aspiran. El lujo es todo aquello que excede lo necesario y que suele ser difícil de acceder por costo o exclusividad. Y sí, el lujo nos encanta. Y también existen otros lujos. Los nuevos lujos, los que valoran lo intangible, los que no se anuncian en ningún escaparate, los que no caben en vitrinas, los que no brillan a simple vista e incluso pueden pasar desapercibidos, lujos que no se miden, que no se compran, que no se heredan y que, además, difícilmente se trabajan… Quizá porque escapan a toda lógica actual del tiempo y su productividad, de la velocidad y el rendimiento, de la persecución de objetivos y expectativas, del éxito, de los estándares, del tener, del “ser”, del “brillar”. Pero no por ello dejan de ser lujos, aún más exclusivos que los anteriores, lujos que se convierten en absolutos privilegios.

La salud mental se ha vuelto un susurro reservado para los que tienen tiempo, presupuesto o una cuestión que les resulte incapacitante para seguir produciendo, la salud mental se deja de lado para quienes prefieren seguir persiguiendo esa exclusividad, esos lujos tangibles en los que cada día se dejan la piel. Y está bien, si esa es su libre elección. Lo cierto es que la salud mental no es un extra, no es tampoco –efectivamente– un lujo de esos que puedan comprarse, implica más una elección consciente, un cambio de pensamiento, un espacio de prioridad personal y eso, no para todos, tiene cabida en sus planes y proyectos.

La salud mental es el bienestar emocional y psicológico que nos permite manejar emociones, afrontar los inconvenientes y funcionar en nuestra vida diaria de manera eficiente. Es, además, la responsable de la toma de buenas decisiones, del equilibrio en las relaciones personales, del orden en la priorización de tareas, el eje central de nuestra valía, respeto y reconocimiento personal. Sí, la salud mental es el pilar de todo lo que somos y aspiramos a ser. Y no, no se ve como un objeto, pero se nota profundamente en el modo en el que habitamos el mundo. Se nota en la coherencia, en la alineación de lo que pensamos, sentimos y hacemos; se nota en la resiliencia, en la resistencia, en los límites que nos imponemos y respetamos, en la conexión con nuestro cuerpo, en la sensación de plenitud sobre los logros de nuestra vida y en nuestra capacidad de disfrutar y agradecer.

La salud mental es un nuevo lujo, uno intangible, pero no invisible. Su falta se hace visible en las grietas; en cómo reaccionamos cuando el sistema interno se queda sin recursos, en la frustración, en cómo hablamos frente al agotamiento que no se va con las horas de sueño interrumpido; en los miedos aparcados y, en cómo se atraviesa la vida: con cuidado propio o con autoexigencia desmedida por comparación; en la presencia y atención o en la supervivencia en alerta.

La salud mental se vuelve un lujo no porque no exista, sino porque no se prioriza. Nadie quiere escuchar el costo emocional de la apariencia. Nadie celebra cuando alguien dice: necesita parar, porque el mundo exige seguir un ritmo frenético. Lo socialmente premiado suele ser lo visible, lo etiquetado, lo que aparentemente tiene control, pero no, mi querido lector. El control sobre uno mismo subyace en lo intangible, en lo que realmente sostiene la vida: enela calma, la autoestima, la autogestión, la regulación emocional, el sentido y el propósito de vida. Subyace ahí, en ese lugar que nadie ve, pero que termina siendo lo que más brilla en el otro: en su amor, en sus palabras, en su actitud, en su calidad humana, en su tiempo, en su energía vital, en una sonrisa sincera, en lo cercano, en lo sensible, en lo genuino. Quizá los nuevos lujos se traducen en el privilegio de vivir con la verdad de uno mismo en la mano, en la mente, en el corazón, en nuestras acciones diarias y, sobre todo, en esa libertad de elegirnos y elegir nuestros tiempos, prioridades e identidad. Probablemente, en los nuevos lujos, se trate de volver a lo esencial, empezando por uno mismo y su equilibrio mental. Como siempre, usted elige.

¡Felices lujos, felices vidas!

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