Nuevas realidades VIII. Responsabilidad afectiva

La libertad supone responsabilidad. Por eso la mayor parte de los hombres la temen tanto.

George Bernard Shaw

Frente a la lógica de la inmediatez que intenta a toda costa dominarnos, existe otra que difícilmente puede ser derribada si se trabaja: la lógica de la coherencia y el cuidado.

La responsabilidad afectiva es una etiqueta contemporánea para las relaciones, esta idea ha estado presente en corrientes psicológicas y éticas previas: la ética del cuidado, las teorías del apego, la comunicación asertiva y los límites saludables. De ahí que se le considere como: un marco ético y comunicacional que propone que cada persona actúe con coherencia respecto a lo que siente o busca, y asuma las consecuencias emocionales que su conducta puede generar en el otro.

Y es que las nuevas realidades también han traído cosas muy buenas a la vida de los seres humanos, sobre todo, han aportado mucho a esa cultura aplastante del silencio, que poco bien hace a la salud mental. En la última década, la responsabilidad afectiva aumentó su visibilidad en una especie de rebeldía e intolerancia a esas zonas grises relacionales que lo dejan a uno sin respuestas, sin poder de decisión, sin la capacidad de elegir su siguiente paso, ya sabe, el ghosting (el estoy y no estoy), el breadcrumbing (las migajas de amor, de tiempo, de atención, básicamente de todo…), “el casi algo”; así como la intolerancia social a la ambigüedad y la demanda de transparencia en vínculos y expectativas.

Y sí, mi querido lector, todos merecemos saber en qué lugar estamos dentro de un vínculo y sí, todos merecemos ser tratados en una línea de coherencia, entre el dicho y el hecho; y sí, todos merecemos ser tratados con respeto, con cuidado y con base en una claridad relacional. Y no, en la responsabilidad afectiva no se trata de callar lo que uno siente o piensa por no afectar al otro, tampoco se trata de proteger su sensibilidad y, mucho menos, de controlar lo que el otro vive o siente, sino de reconocer que nuestras decisiones —por acción u omisión—tienen un impacto: pueden brindar seguridad o confusión, cercanía o abandono, claridad o ansiedad. Se trata de hacernos responsables de nuestro papel en esa relación o vínculo, se trata de saber gestionar con claridad comunicativa y coherente lo que sentimos, pensamos, queremos o necesitamos y asumir que el otro tiene todo el derecho de responder como mejor considere a esa verdad que hemos transmitido. En el contexto del coaching, esta noción resulta especialmente útil porque el coaching trabaja con hábitos, elecciones y responsabilidad sobre resultados. Hablar de responsabilidad afectiva implica desarrollar habilidades concretas: comunicar con claridad (lo que se quiere, lo que se puede y lo que no), poner límites desde el respeto a uno mismo, evitar la ambigüedad que se usa como “zona gris” y sostener el vínculo con consistencia entre lo que se dice y lo que se hace. También incluye una dimensión de cuidado en el cierre: cuando algo cambia, se requiere un trato humano que reduzca el daño de la desaparición o el “ya veremos”.

La cuestión es que la responsabilidad afectiva es una elección personal, competencia de quien ha elegido vivir desde otro lugar más realista, basada en el autoconocimiento y la ética personal; la sensibilidad y el respeto que se traduce en la elección de reducir los daños prevenibles a través de la claridad y los límites; y el asumir la responsabilidad de crear vínculos significativos de calidad, es decir, relaciones más seguras y mejor sostenidas en la verdad y los acuerdos. Todo esto a fin de disminuir las interpretaciones, fortalecer las estructuras de una madurez emocional y practicar una línea de valores coherentes con aquello que ofrecemos. Y esto último es lo más importante, la responsabilidad afectiva empieza por uno mismo, no podemos exigir lo que no estamos dispuestos a dar y, más importante aún… A ser.

Las palabras y los actos siempre tendrán un impacto en nosotros mismos y en el otro, es necesario hacernos conscientes de ese impacto y desarrollar las habilidades para comunicarnos sin miedo, con la claridad que merece el otro y nosotros mismos y, sobre todo, actuar de manera coherente con aquello que pensamos, decimos y hacemos. Porque no, no somos responsables de lo que el otro sienta, pero sí somos responsables de transmitir lo que sentimos con mucho respeto, verdad y sensibilidad. Como siempre, usted elige.

¡Felices realidades, felices vidas!