Nuevas realidades VI. La aceptación

Aquel que tiene un porqué para vivir se puede enfrentar a todos los cómos.

Friedrich Nietzsche 

 

Si hay un concepto del que se habla y que por su naturaleza exige interés en las nuevas realidades es la aceptación. Se ha convertido en una necesidad producto de la celeridad de los tiempos en los que vivimos, la realidad cambia y, con ella, las identidades, los vínculos, el lenguaje, el pensamiento, las emociones, la manera de expresarlas y, sobre todo, la cosmovisión del mundo en lo general y lo particular. Es así como aceptar se vuelve: una herramienta elemental para desarrollar la capacidad de adaptarse conscientemente, una forma de no quedar atrapado en viejas estructuras y una oportunidad mayor para vivir y habitar lo nuevo con menos resistencia y más claridad. El concepto de aceptación surge de la necesidad humana de relacionarse con la realidad sin negarla y ha evolucionado, desde la filosofía estoica y la espiritualidad hasta la psicología moderna como una herramienta de conciencia, regulación y transformación. 

Aplicada en las nuevas realidades, significa reconocer con claridad lo que es, sin negarlo, sin maquillarlo y sin pelear inútilmente con ello. Es un acto de consciencia que nada tiene que ver con la tolerancia, el conformismo, la sumisión, la resignación o la pasividad frente a la realidad. Sino, por el contrario, se trata de ver esa realidad, saber nombrarla, admitirla y, a partir de ahí, decidir y elegir cómo responder ante ella. En lo personal, considero que la aceptación es una resignificación, es reconocer la verdad de lo que somos, de lo que vivimos y de lo que cambia, sin negación ni violencia interna, para poder responder con mayor libertad, dignidad, madurez y consciencia. 

Y si me pregunta, mi querido lector, sobre su dificultad… Le tendré que decir que no, que no es fácil, y que, efectivamente, depende del contexto; sin embargo, es un camino obligado cuando nuestra vida deja de ser lo que era, cuando el lugar que ocupamos en la vida de alguien queda vacío o cuando en nuestra vida queda también otro lugar vacío, cuando las tempestades se agolpan, cuando el miedo nos agazapa, en fin, cuando la realidad que creíamos inmutable nos demuestra, una vez más, que no lo es, que cambia como todo lo vivo y se transforma… y nos transforma. Y sí, existe ese limbo de incertidumbre que nos detiene, que nos aturde, que insiste en los hubieras, esos que no existen y se quisieran, ese ya fue que para uno no ha sido… Ésa es la parte más dura y la que hay que transitar, y que, obligadamente, nos exige aceptación.  Después, hay otras realidades menos duras o simplemente diferentes, en las que la vida nos exige una elección y debemos hacerla, otras que simplemente sabemos que elegir algo diferente es mejor para nosotros, y otras muchas donde la aceptación toma un protagonismo feroz y necesario, donde debemos admitir lo ocurrido, lo que existe, lo que cambió o lo que duele o lo que nuestros sueños exigen y responder ante ello, y muchas veces, mi querido lector, esa respuesta es todo lo que tenemos para aferrarnos y construir un nuevo presente y un futuro. 

Y le diré más, la aceptación es también ese paso digno, respetuoso y libre que todos merecemos cuando la realidad cambia, es ese siguiente paso que sí podemos decidir y elegir, esa oportunidad que nada ni nadie puede quitarnos. Quizá no hemos podido elegir cómo llegamos a esta realidad que exige de nosotros la aceptación, pero siempre, siempre, podemos elegir ese siguiente paso, ese transitar nuevo, esa nueva identidad, esa nueva vida, ese nuevo ser, estar y habitar el mundo. Por eso es tan importante entender que la aceptación es esa lucidez, presencia, honestidad interior, disposición y capacidad de mirar la vida sin fantasía ni autoengaño, sino con valentía y determinación ante lo que aún existe y tiene posibilidad de ser más allá.

La aceptación no es resiliencia, es la resistencia del que se atreve a transitar la nueva realidad y ponerse por encima de donde estaba, es abrazar ese nuevo ser en el que nos convierten los cambios elegidos y los que no con fortaleza, con valentía y con honor… Y el honor, mi querido lector, es la fidelidad a uno mismo, a la palabra que nos hemos dado, y ese es su mayor porqué… Como siempre, usted elige. ¡Felices realidades, felices vidas!