Nuevas realidades II. Habitar

El ser humano descansa en el habitar. El hombre es en la medida en que habita.  

Martín Heidegger

Esta oración emblemática de Heidegger comenzaba diciendo: el rasgo fundamental del habitar es llevar a la paz. Todo esto en un contexto difícil para Alemania que intentaba reconstruirse pasada la Segunda Guerra Mundial. Y sí, mucho tendría por delante que hacerse, que planearse y reorganizarse para ser la Alemania de hoy en día. Lo interesante es la idea central de Heidegger de ese habitar, que no deja de extenderse hoy por su profundidad.

Salvando las distancias y los contextos, todos alguna vez hemos vivido algunas o muchas guerras internas de mayor o menor gravedad, pero guerras al fin, para quien las vive o así las percibe, y lo importante de todas ellas suele ser la reconstrucción que en mayor o menor medida logramos hacer. Porque nadie sale igual de como entró en ninguna de ellas. Este tipo de trifulcas internas nos hacen preguntarnos muchas veces qué es lo que ha quedado intacto en nosotros, qué es aquello que permanece o, incluso, qué es aquello que debemos mantener o priorizar de la debacle y sí… Sí hay algo que permanece: el estar, el seguir presentes, el seguir vivos y la necesidad imperante de cruzar ese hastío y reconquistar el ser que éramos o el que aspiramos a ser.

Según la mirada heideggeriana, la experiencia humana no puede comprenderse en términos de un yo encapsulado en un cuerpo o en sí mismo, sino, además, en una continua conexión con el mundo, la realidad, con los otros y las experiencias… y cuando hay que poner algo en orden hace falta ordenar al unísono lo que uno es y todo lo que le rodea. Claro está, empezando por uno mismo. ¿Cómo?: habitándose. Habitarse es la manera propia en que el ser humano está en el mundo, lo cuida, lo preserva y le da sentido. La parte más increíble del concepto es que no habitamos lo construido, sino que construimos en la medida en que habitamos. Esto es el poder de elección, es la conciencia y la madurez de nuestras decisiones esculpiendo nuestra vida, nuestro pensamiento, nuestros sentimientos, nuestros valores y principios, nuestras metas y objetivos, quiénes somos, lo que queremos y aquello a lo que aspiramos. Ahí radica el poder del cambio y de la transformación.

Habitamos nuestro ser en la medida que lo construimos de manera coherente con lo que somos y aspiramos ser. Lo profundo de este concepto no recae en la ocupación en sí, sino en la manera en que lo hacemos y, aquí es lo interesante, lo primero: cuidado; segundo: presencia y tercero: sentido de pertenencia… Así, habitar es estar presente dentro de uno mismo sin desconectarse. Es elegirse, cuidarse, sostenerse y vivir en coherencia con quien uno es y quiere ser. Me resulta fascinante asumir el derecho de habitarnos, de elegirnos, de cuidarnos, de estar presentes en nuestra vida y, sobre todo, de elegir nuestro sentido de pertenencia personal para ser lo que elegimos ser y cómo elegimos vivir. 

Este principio de habitar es extenso y profundo porque ofrece una salida a todas nuestras tribulaciones: construir. Construir lo pasado, lo presente y lo futuro. Construir nuestra historia con un sentido que hagamos nuestro, no a partir de lo que nos han dicho, lo que creímos o lo que nunca fue. Sino una construcción real que nos permita abrazar cada experiencia dándole un sentido elegido y coherente con uno mismo que cubra ese requerimiento final: estar en paz.

Fíjese qué interesante poderse asumir a uno mismo como responsable de sus propias circunstancias, no por cómo se desarrollen según la vida, sino por lo que elegimos hacer con ellas. No me sorprende que esta palabra resurja en estos tiempos donde perderse en las medianías es tan sencillo, donde la realidad se mezcla con la fantasía y la ilusión del propio ser, donde las apariencias pesan más que las esencias y las imágenes más que las palabras; donde todo sucede a la inmediatez y donde la paciencia y la reflexión pierden protagonismo porque necesitan –como las buenas construcciones– de tiempo, y muchos han creído que no lo tienen. Y yo le recuerdo, mi querido lector, que el tiempo también se habita, habite su tiempo, cuídelo y disfrútelo. Como siempre, usted elige. ¡Felices realidades, felices vidas!