Lecciones...

Quien teme, deja inmediatamente de confiar, de creer, de tener seguridad, pero, sobre todo, de ser fiel y leal consigo mismo

                 El miedo y la fe no pueden existir en el mismo espacio,

                                                            al mismo tiempo. Elija uno. 

                                                                       Evangelio de Felipe.

A lo largo de la vida se teme mucho más de lo que se confía. Y, así, el miedo supera continuamente a la fe que es, sin lugar a dudas, lo opuesto. El miedo es la angustia que alguien siente ante un riesgo o daño real o imaginario, es el recelo o la aprensión de que le suceda algo contrario a lo que desea. La fe, independientemente de en qué o quién se crea, es el hecho de confiar, de albergar siempre una esperanza positiva, es la seguridad, la aseveración de que algo es o será cierto… es la fidelidad, la lealtad.

Quien teme, deja inmediatamente de confiar, de creer, de tener seguridad, pero, sobre todo, de ser fiel y leal consigo mismo, con lo que cree, siente, piensa, razona y hace. Porque, quien confía en sí mismo, se aleja inmediatamente del miedo, de la duda, de la angustia y de la aprensión.

Hoy, más del 20.5% de la población mundial sufre algún trastorno relacionado con el miedo: estrés, ansiedad o depresión, entre otros… y es muy probable también que ese mismo porcentaje de la población mundial haya perdido la fe, la esperanza, la ilusión y, por supuesto, la capacidad de ser feliz y de tener una vida plena.

Lo cierto es que el miedo y la fe se eligen. Ambas son opciones que pueden tomarse o abandonarse, pero nunca al mismo tiempo, la elección de una de ellas es la renuncia automática de la otra y viceversa. Pero esto se olvida.

Lo olvidan todos aquellos que, diciendo confiar, desconfían, los que no se permiten caer y niegan su realidad rotundamente; los que se mienten a sí mismos, los que jamás piden ayuda, los que se creen infalibles; los que esconden sus debilidades detrás de una imagen y actitud de superioridad; los incrédulos a perpetuidad, los falsos, los que fácilmente se traicionan a sí mismos, los que le dan la vuelta a la lealtad o los que insisten en ser leales a ciegas, los de los excesos… para bien y para mal, los de pensamiento negativo o positivo recalcitrante, los débiles de elección, los tibios y, finalmente, los que han perdido la ilusión de vivir y la motivación de cuidarse a sí mismos en sus necesidades, sus deseos y sus sueños.

Todos ellos se han olvidado de elegir, de creer, de confiar, de tener o de buscar su propia seguridad. Todos ellos han dejado que triunfen en su vida las circunstancias y no su libre elección. Recuerde que no podemos elegir lo que nos sucede, pero siempre podemos elegir cómo lo enfrentamos, cómo lo vivimos y qué postura tomar.

La falta de reflexión, de análisis y, sobre todo, de agradecimiento se refleja fácilmente en la duda que tantas veces termina en miedos. Miedos que, en su gran mayoría, no son ni siquiera reales, sino, más bien, producto de la imaginación.

Por eso hoy le invito a creer, a confiar, a encontrar esa seguridad; a elegir esas posturas y esas creencias ante la vida que le permitan salir adelante en los momentos difíciles y a valorar y disfrutar plenamente de los que no lo son.  A amar las experiencias que se viven, a comprender el ciclo de los acontecimientos, las rutas de aprendizaje y los tiempos.

Examine su vida, no ha llegado hasta el lugar en el que está dudando, sino eligiendo… no deje que las circunstancias ni las personas le superen, mejor elija superarse a sí mismo en cada elección, le aseguro que ésa es la mejor estrategia contra la duda y la incertidumbre; reflexione, analice, confíe en usted y fluya. Como siempre, usted elige.

¡Felices creencias, felices elecciones!

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