Cuando no somos capaces ya de cambiar una situación, nos enfrentamos al reto de cambiar nosotros mismos.
Viktor Frankl
Hay frases que lapidan. Frases, la mayoría de ellas, hechas y socialmente aceptadas, pero frases al fin que hieren, no porque nuestro interlocutor quisiera hacerlo, seguramente no, por el contrario, queriendo buscar muchas veces un alivio en el otro, las dice… Qué cuidado hay que tener cuando intuimos, y más cuidado cuando hacemos de esa intuición nuestra verdad. Porque muchas veces la realidad del otro no se puede ni siquiera imaginar. Pero henos aquí, escuchando frases lapidarias que hay, además, que tomarlas como buenas intenciones. Me refiero, por ejemplo, a ésa de: lo que no te mata te hace más fuerte o aquella de échale ganas o esa otra de todo pasará. Se lo digo, mi querido lector, porque hay situaciones, muchas y variadas, que no, que no nos hacen más fuertes y que quizá eso tampoco lo estemos buscando, y no, hay otras que no tienen nada que ver con las ganas, y otras más que no, que no se pasan, más bien se quedan a vivir con uno para siempre. ¿Y qué hacer cuando la vida aprieta?, cuando las cosas dejan de ser como eran, cuando los diagnósticos, los pronósticos y la misma realidad nos supera. Y es que muchas veces las desgracias están para ser sobrevividas, no para el aprendizaje, no para sacar una mejor versión de uno mismo, porque muchas veces no lo logran. No, pensar eso es tan ignorante como asumir que la manera más eficaz de aprender es por las malas, con dolor o con el sudor de nuestra frente, en un esfuerzo casi irreal y titánico que nos lleva al borde de la agonía. El aprendizaje y las lecciones de la vida nunca, repito, nunca, compensarán el trauma.
Sí, la vida tiene sus zonas oscuras y nadie puede salir de ellas si no tiene como reto personal hacerlo asumiendo el coste de esa intención. Los retos nos ponen a prueba, es cierto, y también nos permiten enfocar nuestra energía en otra cosa que no sea ese mal constante que rumia en nuestro interior. El reto implica desarrollar capacidades y habilidades que quizá no habíamos descubierto, también nos ofrece un tiempo de calidad con nosotros mismos y, sobre todo, un espacio de ilusión y de control sobre nuestra propia vida. Ya le he dicho yo que el cerebro es perezoso, que no le gusta la novedad, prefiere sus patrones originales y que todo lo que salga de su escenario lo calificará como una amenaza. Y ése es el primer reto a vencer, hacerle entender a nuestro cerebro y a todo nuestro sistema nervioso que ahora estamos al mando, que hemos dejado de lado quienes fuimos para emprender una nueva línea de actuación y que no, que ya no somos nuestros pensamientos ni nuestros hábitos de siempre ni tampoco somos aquellos que sentían de una manera y no de otra… No, ahora somos más esa voz que corrige, que prueba, que aprende, que busca, que integra, que se cambia a sí misma y se transforma.
Sí, mi querido lector, la vida se aprovecha mejor cuando nos asumimos responsables de nuestros propios cambios y elegimos redireccionarnos hacia un lugar mejor. Porque puede presentarse un día en que nuestra vida nos cambie para siempre y ese momento se quede. Todos tenemos batallas y cada quien elige cómo vivirlas, ése es su derecho. Por eso me atrevo a decirle que sí, que la vida se aprovecha mejor cuando elegimos transformarnos en ella, en sus diferentes realidades y facetas, cuando elegimos seguir mirando de frente con valentía estoica y enfocada, aquello que nos permita mantener la vida que queremos lo más cercana a la felicidad y la plenitud. Y ésa es, finalmente, la lección del búmeran en el que puede convertirse la vida: en entender que somos más que nuestras circunstancias, más que nuestros propios pensamientos, sentimientos y emociones conocidos, que somos más de lo que nos han dicho o hemos creído, y que sí, que somos y seguimos siendo un infinito de posibilidades aun ahí donde la vida aprieta. La cuestión es comprender y actuar en ese liderazgo de gestión personal y asumir que nada nos da mayor libertad y control sobre nuestra vida que sabernos capaces de ejercer nuestro derecho a elegir qué hacer y en quién convertirnos frente aquello que enfrentamos. Como siempre, usted elige.
¡Felices transformaciones, felices vidas!
