Cordura

Nada puede reclamarse cuerdamente a la vida. Fernando Savater La palabra cordura viene de la palabra cuerdo y ésta, a su vez, del latín cordis, corazón, ánimo. Cuerdo es aquel que está en su juicio, el que reflexiona antes de ...

Nada puede reclamarse cuerdamente a la vida.

                Fernando Savater

La palabra cordura viene de la palabra cuerdo y ésta, a su vez,  del latín cordis, corazón, ánimo. Cuerdo es aquel que está en su juicio, el que reflexiona antes de determinar o proceder. La cordura es la prudencia, la sensatez, el buen juicio, es la aptitud para cavilar y para decidir y elegir correctamente.  La cordura nos permite diferenciar lo correcto de lo incorrecto, lo bueno de lo malo, lo que conviene o no conviene a nuestra vida, y sí, todos sabemos identificarla, lo que no todos saben es cómo mantenerse en ella.

El enojo, la ira, la frustración, la angustia, la desesperación, la injusticia, las pérdidas inesperadas, la falta de respeto  por uno mismo o por lo que siente, piensa  o hace, y  quizá la más perniciosa… el triunfo del ego sobre la razón. Todas estas situaciones, o cualquiera de ellas, se convierten en detonantes muy efectivos para que se pueda perder la cordura… y se pierde, se pierde más veces de lo que se la mantiene por  la incapacidad  de reflexionar sobre los momentos buenos y los no tan buenos en nuestra vida.

Suele ser poco común que se reflexione cuando todo está bien, cuando las cosas salen como uno desea, cuando se acierta, se gana, se triunfa, cuando se obtiene un sí, cuándo todo va conforme a lo esperado, incluso cuando la vida sorprende y es ahí, en esas situaciones donde algunos además de orgullosos, se sienten plenos responsables y hacedores de lo ocurrido, quizá comenten un poco del factor suerte, por lo regular hacen alarde de sus buenas decisiones… de su inteligencia, de sus dones, de sus habilidades,  de su intuición e incluso presumen  su cordura.

La vida casi nunca tiene nada que ver en esos reconocimientos que algunos se hacen a sí mismos, la vida funge como un espacio, como un tiempo, como un ser inanimado casi imperceptible, que resulta por momentos inexistente, así como la salud o las buenas relaciones que se tengan o el flujo de capital… porque cuando todo es perfecto nada llama la atención, como si todo les fuese dado así… perfecto. En esos momentos son pocos los que miran al cielo, los que agradecen, los que sienten que la vida es buena, los que reflexionan… no, en esos momentos, son ellos y nada más, regocijándose de sí mismos. Cosa muy diferente sucede cuando las cosas no van bien, cuando nada sale como uno esperaba, cuando los esfuerzos parecen no ser suficientes, cuando la prosperidad  no llega, cuando todo es escaso, cuando falta lo más necesario y sobra lo menos, ahí en ese momento algunos sí miran al cielo, sí claman, sí piden, sí se niegan a aceptar sus responsabilidades y se proclaman víctimas. También juzgan, sufren, se encolerizan, se angustian y se molestan y reclaman a la vida el haberse empecinado con ellos, el haberle fallado, el haber sido injusta. Finalmente, se atreven  a justificar el haber perdido la cordura y que la vida es la responsable. Al llegar a este punto, se preguntan, ¿por qué a mí?, y ahí, algunos pocos… reflexionan sobre lo sucedido. Y resulta que la vida no es la responsable ni de nuestros destinos ni de lo que hemos elegido o con lo que nos ha tocado vivir. La vida no existe sin nosotros, pero necesita para existir de un para qué y  ese para qué nos corresponde a cada uno dárselo. La cordura no suele perderse… más bien suele abandonarse. Por eso hoy  le invito a mantener la cordura la mayor parte del tiempo, porque no importa lo que venga, todo merece un espacio de reflexión, todo merece tener una respuesta correcta del para qué lo ha vivido. Sólo así podrá entender que su vida es suya, que es para usted y lo mejor que tiene. Como siempre, usted elige. ¡Felices corduras, felices reflexiones! 

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