Terror, humor, crimen

El tema para nuestro México, por muchos años todavía, tendrá que ser el crimen, carentes como habremos de seguir, de estado y gobernabilidad. Puede uno, claro, creerse la sandez esa de las amnistías, o también se puede intentar entender, para ejercer la legítima ...

El tema para nuestro México, por muchos años todavía, tendrá que ser el crimen, carentes como habremos de seguir, de estado y gobernabilidad. Puede uno, claro, creerse la sandez esa de las amnistías, o también se puede intentar entender, para ejercer la legítima defensa que nos ofrezca la comprensión. Joel e Ethan Coen, los hermanos famosos por la excelencia de su cine, han explorado a profundidad, entre tantos otros tópicos, el del lado absurdo, cómico de tan ridículo, que con frecuencia entraña la criminalidad. Semejante comicidad en tantos de sus relatos no evita los finales trágicos, haciéndonos ese contraste brutal, que caracteriza a tantos de los acontecimientos delictivos que nos asolan cotidianamente. ¿Alguna de sus obras que pruebe mi premisa? Ahí está, por ejemplo, su serie de tres temporadas, Fargo, disponible en Netflix, cuyos guiones se basan en famosos sucesos criminales que acontecieron de verdad, sin que por ello pierdan lo cómico ni lo trágico que les exhiben los Coen.

Y vámonos con un guion a la mexicana: llega una llamada al teléfono celular, al mío, al suyo, y suena la voz amenazante que, valiéndose de un léxico con una dureza apropiada para los fines, le hace saber al destinatario que está siendo vigilado, que podría ser secuestrado y hasta asesinado, si no pone rumbo a un hotel y se encierra en una habitación, en la que se encontrará con otras personas, víctimas de la misma maniobra, a las que confundirá con secuestradores encargados de vigilarlo. Su teléfono, claro, le es confiscado en cuanto llega a la susodicha habitación. Una vez encerrado, siguen las llamadas a sus familiares para avisarles que ha sido secuestrado y exigirles un rescate, sin el cual la víctima será mutilada y asesinada. ¿De dónde toman la información los extorsionadores? Sencillo, de Facebook, la red social a la que le confiamos todos cualquier cantidad de intimidades: parientes cercanos, cónyuge, pareja de otra índole, ocupaciones y testimonios fotográficos de actividades que permiten conocer la capacidad de pago de quienes rescatarán al supuesto secuestrado. El perpetrador, ubicado en cualquiera de nuestras cárceles, irá haciendo llamadas sucesivas, en cumplimiento de su jornada laboral. Sus cómplices irán recabando los montos que les sean solicitados a quienes se han creído el cuento y se suponen obligados a pagar. En algún momento de la maniobra, el confinado se dará cuenta de que quienes lo acompañan en la habitación no son cómplices, sino víctimas, y que no hay nadie que los esté vigilando. La inversión es de cero, el negocio es pura utilidad. Descansa, claro, en los productos que venden nuestros centros de reclusión: celda exclusiva con cocineta y baño, televisor con señal de Sky, iPhone, alimentos frescos y chalán que los prepare, licor, drogas y un etcétera que dependerá de la capacidad de pago, con el dinero obtenido de la maniobra criminal que la creatividad de nuestros delincuentes recién pone de moda.

Preguntas: ¿cómo es que alguien se recluye en una habitación y permanece ahí sin ser vigilado?, ¿por qué las víctimas siguen creyendo que ha habido un secuestro sin más evidencia que un celular apagado? A mí, tal vez alardeo, me sigue pareciendo estúpido y, de tan estúpido, posiblemente cómico. No estamos para jugar con los miedos de nadie en la capital mundial del crimen, lo sé. Quizá la imprecisa línea divisoria entre la consistencia de la oferta criminal impune, los miedos de cada quien y la bobería del engaño, debiera estudiarse, en busca de remedios que vengan del ciudadano. ¿La autoridad? Hace negocio con lo que vende a los presos ricos, incapaz de bloquear las señales de las llamadas que se hacen, absurda, torpe, ridícula, criminal, es la que redondea el componente cómico. No se pierdan Fargo.

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