Ridículo traidor
La maldad resultaba seductora para Jorge Luis Borges, tanto como para dedicarle un considerable número de relatos de impecable estructura narrativa, que puede uno leer cien veces, como tantos textos del argentino de letras perfectas, eterno huérfano del Nobel. A Borges le ...
La maldad resultaba seductora para Jorge Luis Borges, tanto como para dedicarle un considerable número de relatos de impecable estructura narrativa, que puede uno leer cien veces, como tantos textos del argentino de letras perfectas, eterno huérfano del Nobel. A Borges le fascinaba la maldad, y en particular una de sus hijas putativas: la traición. Imprescindible para cualquier aprendiz de político su relato del libertador escocés, cuyo movimiento militar comienza a sufrir revés tras revés. El caudillo revela a su hombre de confianza sus sospechas de que estén siendo traicionados, y le pide que investigue quién es el traidor. Cuando lo llama a cuentas, su segundo le informa que ha cumplido la misión, que el traidor es el propio caudillo, y que no va a delatarlo. Más bien ha decidido matarlo durante la próxima batalla contra los ingleses, porque su causa requiere un héroe.
Personaje inmejorable para cualquier cuentista, a muchos nunca nos impresionó la faceta amenazante que exhibía hace casi dos años, confiados como estábamos de que a fin de cuentas iba a resultar divertido de tan enteramente ridículo. El peluquín rubio, el bronceado californiano artificial, la mímica facial y, sobre todo, la insensatez exhibida en todo y para todo habrían de ser garantía de entretenimiento. Así, el 6 de septiembre pasado, Trump estalló, exigiendo que el traidor a su régimen le fuera entregado. ¿El motivo de su furia? Un “alto funcionario” de su gobierno publicó de manera anónima un artículo de alcance nacional (The New York Times, 5/09/18), en el que describe la resistencia que el equipo gobernante en la Casa Blanca debe ejercer para proteger a su país —¡y al mundo!, cabe agregar— de las decisiones de Trump. Y, justamente, como el caudillo escocés del cuento, el hombre no consigue entender que él mismo es su propio traidor, de tal manera que sus colaboradores deben vivir en guardia para revertir los alcances de sus improperios y torpezas. Claro, el gabinete americano en pleno negó la autoría del artículo, que habla de un presidente “amoral” y del acto patriótico de frenar “sus peores impulsos”.
No basta, desde luego, con considerar el caso del Presidente de EU, y resulta válido emplear la situación de sabotaje por propia mano para tantos caudillos y gobiernos, pasados, presentes o asomando ya en el futuro inmediato, con los consecutivos rescates de los funcionarios para tanta tontería. Para muestra, quién no recuerda aquellos “lo que el Presidente quiso decir”, del vocero de Vicente Fox durante su mandato. El poder, pues, entraña el riesgo de que quien lo ejerza cometa traición contra sí, tal vez porque saberse poderoso provoca la absurda seguridad de que no se puede uno equivocar. Es posible imaginar una corte patética de emperadores desnudos suponiéndose trajes nuevos mientras trompican con declaraciones, propuestas y decisiones que sus heroicos colaboradores, cual sastres, deben remendar. Al final, de las muchísimas decisiones que podamos considerar actos de gobierno vamos a resultar perjudicados todos. No faltará quien nos recuerde que al gobernante que sin saberlo va a incurrir en su propia traición por la trampa del poder, lo elegimos la mayoría, o por lo menos una de tantas pifias traidoras pretende hacernos creer algo así.
A punto, pues, de acceder a la mitad de su mandato, Donald Trump resulta un hombre enredado en el entorno paranoico que, sin conseguir entenderlo, él mismo ha ido conformando. Gobernar, le dicen.
