Narcos 4, México

“Veo el bien y lo apruebo, pero hago el mal”. Ovidio, siglo I

Sin más pretensión que entretener y vender, supongo, recién se estrena la cuarta temporada de la serie Narcos, dedicada, a diferencia de las previas, a la historia del narcotráfico en nuestro país. Inobjetable la producción, me atrevo a estimar: locaciones, reparto, foto, sin escatimar. El relato no pierde ritmo, mediante una edición que, trepidante, atrapa a cualquiera. Las voces autorizadas han ido opinando en diversos sentidos, y no ha faltado quien considere que el género —la narcoserie— hace apología del estilo de vida de los criminales, contribuyendo a su dispersión y masificación en la conciencia de los mexicanos. Hace 20 años habría yo estado de acuerdo con esta postura, pero admito el troquel que mi conciencia moral ha debido sufrir en razón de las peculiaridades de mi oficio, que entre tantas otras cosas me robó la hipocresía. Con esta inevitable visión particular, pienso válido que la serie relate la historia del primer cártel mexicano dedicado al narcotráfico, puesto en operación durante el sexenio de Miguel de la Madrid (1982-1988). Sinaloenses de origen y conquistadores de Guadalajara y desde ahí de Tijuana, Ciudad Juárez y un macabro etcétera, el guión de Narcos fue aderezado con distorsiones de ciertos acontecimientos que no modifican en nada el significado histórico de lo sucedido.

El relato expone con claridad los vínculos familiares de los principales delincuentes, y el tránsito sencillo, natural, de la familia al clan, el modelo de la mafia siciliana. Todos parientes de todos, para hacerme volver sobre mi absurda hipótesis: los criminales son híbridos, variantes de la especie original que exhiben recursos diferentes para la adaptación. Impulsivos, intrépidos, incapaces de experimentar empatía para construir valores a partir de ella, organizados para arrebatar y acumular poder, la historia cuenta cómo se constituyeron en una agrupación delictiva que ha sido la madre de las subsiguientes hasta hoy. Reinaban Félix Gallardo y Don Neto, por ejemplo, pero Amado Carrillo y Joaquín Guzmán ya andaban ahí. Reales clanes del mal, los pretendidos logros de la fuerza pública, descabezándolos cuando ya no hay otro posible arreglo con el estado, no impiden que alguien más asuma el liderazgo ni que su actividad delictiva se vaya perpetuando. No hace falta decir que, para ser criminales, los narcos tendrán que entender su causa como legítima; la culpa por el mal y el arrepentimiento consecutivo son del todo imposibles, absurdos si se entiende su hibridismo. En el fondo, no se trata del bien, sino del mal como tendencia natural. La llamada novela negra, reseña literaria indispensable, ha dado cuenta de ello.  

Verdad histórica que la seguridad de México ha sufrido un deterioro progresivo a partir del nacimiento del cártel del que Narcos nos cuenta. Verdad también que la corrupción del Estado mexicano ha sido un óptimo caldo de cultivo, y verdad que la estrategia contraria, la guerra de Calderón, sólo consiguió agravar nuestros males. Hay que ver Narcos México para saber que ellos y nosotros poseemos naturalezas distintas, tanto como para pensar que no existe arreglo, y que los patrones de comportamiento típicos de estos nuevos especímenes les conceden ventaja. Sigo sin entender la inscripción “amnistía”, bordada en letras doradas en el traje nuevo del emperador, estrategia inviable. No veo cómo van a solicitar el perdón los que van ganando la guerra. Regreso a la Colombia del expresidente Santos, Nobel de la Paz, y a su vergonzosa amnistía que ha servido para poblar el país de criminales en busca de chamba, fieles a su naturaleza.

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