Los adioses
Rosario Castellanos debió vivir en esa tensión que precede al desfalco amoroso, debió dejarse llevar por la fuerza de la emoción enferma
Después de ver la película (Los adioses, Natalia Beristáin, 2017), sigo pensando que el personaje no da sino para complicaciones de todo tipo. Sortearlas para narrar lo que pretende Beristáin se convierte en la principal fortaleza de la obra. Imposible contar lo que sea de la vida de la extraordinaria escritora chiapaneca sin penetrar en el drama del más grande de todos sus amores: su relación de pareja con el filósofo Ricardo Guerra.
Definitivamente acertado bordar el guión a partir del más importante hallazgo de Rosario Castellanos: las mujeres no tienen voz y, al no tenerla, a nada pueden acceder, no tienen nada. Originaria de Los Altos de Chiapas (Comitán, 1925-Tel Aviv, 1974), no habrá de encontrar más derrotero que convertirse en esa voz, hacerla, decir lo que las mujeres no han podido hasta que Rosario, ¡con semejante encomienda!, emprende su carrera literaria.
Impecables el guión y la factura, una Karina Gidi vuelta Rosario, dirigida con excelente oficio, debe exponerse a los embates de la cámara y la historia, que, una y otra vez, develan el más grande de todos sus retos —el que nunca consiguió resolver—, como les ocurre a tantísimas mujeres, su vida de pareja y su matrimonio con Guerra. No hay victimario ni víctima, el relato no pretende culpar a Ricardo Guerra, porque prefiere mostrar las insuficiencias de la poeta, la ineptitud como condena de género, la trampa de ser artista al tiempo que se pretende ser amante, esposa y madre. El talento único de Castellanos le impone elegir su arte, batallando con ese apego brutal que por vía del sufrimiento pretende hacerla dejar de escribir, sin más recurso que los trágicos adioses que su elección le impone, de nuevo, dada su condición de mujer.
El guión ha dispuesto de dos impecables recursos: las palabras, lo que dice la escritora en su trabajo literario, y las cartas que durante más de dos décadas escribió a Ricardo Guerra, testimonios, ambas, de la imposibilidad de su amor cuando ha tenido que hablar por las mujeres en un país que no había sabido cómo hacerlo.
Uno puede pensar en un México de machos que les han negado a sus hembras el derecho a la expresión. Y uno puede, también, hacer una película de la chiapaneca que no supo y no quiso renunciar a ser su voz, filmando para ello los desencuentros, las diferencias, los agravios imposibles de resolver que conlleva siempre el talento del otro. Rosario Castellanos debió vivir en esa perenne tensión que precede al desfalco amoroso, debió dejarse llevar por la fuerza de la emoción enferma, hasta ser una más de las mujeres que no han podido hacerse escuchar y entender.
El amor de pareja constituye el reto por excelencia para la mente y el espíritu. Se nace y se crece con esa consigna interior, con la natural necesidad de emparejarse y, a la vez, con todas las torpezas que se nos van poniendo de manifiesto desde los primeros intentos.
No existe —afirman algunos expertos en el cerebro y la emoción— nada tan demandante, ninguna otra experiencia que lleve a enseñar un anhelo tan grande impedido por ineptitudes de las que nos vamos enterando conforme las vamos exhibiendo.
El recurso último, trágico, doloroso como ninguna otra experiencia: el adiós. Beristáin, Gidi y cuantos merezcan créditos que el espacio impide anotar, han hecho una película hermosa, un relato trágico de cada uno de los adioses que obedecieron a la torpeza para amar con sus consecutivos fracasos.
Tratándose de Rosario Castellanos, no puede uno omitir la reflexión: tal vez las pérdidas amorosas sean el precio a pagar por vivir para el arte. Por allí, en alguna escena, lo mencionan Rosario y Ricardo. Lo escribió la chiapaneca en su Desamor: “Y entonces supe: yo no estaba allí/ ni en ninguna otra parte/ ni había estado nunca ni estaría”. Los adioses no debe dejar de verse.
Twitter: @obenassinif
