Ozark, el dinero

El siglo XXI se olvidó de Erich Fromm Fráncfort, Alemania, 1900–Cantón del Tesino, Suiza, 1980 y de su propuesta del Psicoanálisis Humanista, que lo convirtió en uno de los filósofos más importantes del siglo XX. ¿Cómo me voy de ese dato a la moda de las ...

El siglo XXI se olvidó de Erich Fromm (Fráncfort, Alemania, 1900–Cantón del Tesino, Suiza, 1980) y de su propuesta del Psicoanálisis Humanista, que lo convirtió en uno de los filósofos más importantes del siglo XX. ¿Cómo me voy de ese dato a la moda de las series de Netflix? Me confieso consumidor, por supuesto, y en tal condición afecto a considerarlas representativas de cierta forma de narrativa propia de este tiempo. Muchas —sabido por todos— no son sino boberías sin más pretensión que pasar el rato. Algunas —de repente— plantean (¿sin querer?) dilemas filosóficos con alguna profundidad. Recién vi una de las de moda: Ozark, cuya primera temporada se estrenó apenas el 21 de julio pasado. Creada por Bill Dubuque y Mark Williams, curiosamente dirigida por quien ha sido actor de Hollywood desde niño, Jason Bateman, su protagonista, Ozark cuenta las tribulaciones de un operador de instrumentos financieros de Chicago, Marty Byrde, que, acorralado por un grupo delictivo para el que trabajaba, inventa un absurdo paraíso para nuevas inversiones en el que podrá “lavar” el dinero de los delincuentes. El sitio, ubicado en el estado de Misuri, Ozark, resulta absolutamente inhóspito en tanto representativo del estilo de vida de los llamados red necks del “medio oeste” norteamericano. Excelentes personajes, las actuaciones de los protagonistas, al igual que los recursos fílmicos en general, son de buena calidad para una producción televisiva, a la vez que una especie de complicado humor negro ofrece un marco más que apropiado a la trama.

De cualquier manera, la serie no trata de nada de eso. El tema es el dinero, precisamente, y casi nada más. Eso es lo que la hace atractiva, permitiendo encontrarle alguna profundidad y cierto sentido. Nada de lo que ocurre tiene que ver siquiera con lo que compra el dinero o con el poder que puede dar a quien lo tenga. El relato se limita a presentar al dinero: fajos de billetes que llenan bolsas, cajas enormes, y —ahí radica el valor de la historia— a lo que las personas —todas, cualquiera— son (¿somos?) capaces de hacer por dinero, por tenerlo aunque en nada —como pasa con los personajes— vayamos a gastarlo. Nadie pretende que se trate de una revelación: podrida, decadente como está la época, no es posible encontrarle absolutamente ningún lineamiento ético a la forma de conducirse de cada quien. Por ajeno que se sienta cualquiera al impacto de tener dinero, lo que cuenta Ozark tiene verosimilitud absoluta. Indudable que así proceden quienes no pretenden más que dinero, corolario sencillo que ni siquiera propone alguna forma consecutiva de desaliento: vivimos en un siglo de, para y por el dinero. Ozark propone que no hay contraveneno.

¿De dónde se me vino Erich Fromm a la memoria? El sicoanalista alemán propuso el llamado Síndrome de Decadencia, identificándolo y caracterizándolo en la historia contemporánea. De la incapacidad para resolver vínculos edípicos, las personas habríamos de convivir en una patológica “simbiosis incestuosa”, habríamos de caminar rumbo al “narcisismo maligno” y en último término a la “necrofilia”. Fromm insistió siempre en que la necesidad de tener impedía la realización de la necesidad de ser, como un elemento esencial de su “Síndrome”. Los fenómenos descritos por Fromm pueden no ser comprendidos con facilidad. Propone criaturas centradas en sus necesidades primarias, regresivas, fijadas en amores maternos, dependientes, incapaces de bastarse nunca, viviendo de apropiarse de los demás para hallar satisfacción, confundidos en el verdadero sentido de ser. Siempre he asociado al dinero con estas reflexiones, y con la decadencia como el efecto último de tener sin medida porque no se cuente con ninguna otra vía para satisfacer necesidades patológicas. Por todo esto me llegó lo que relata la serie. Desviaciones así pueden afectar el alma de cualquier siquiatra, hasta impedirnos ver la televisión para entretenernos sin contar con Fromm. Vean Ozark, buena televisión.

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