¡Madres!
De modo por lo menos curioso para mí, el Día de las Madres se celebra en la misma semana del aniversario del natalicio de Sigmund Freud, así que una y otra cosa se me presentan siempre asociadas. Estas líneas son una especie de convocatoria a aquellos que, como yo, ...
De modo por lo menos curioso para mí, el Día de las Madres se celebra en la misma semana del aniversario del natalicio de Sigmund Freud, así que una y otra cosa se me presentan siempre asociadas. Estas líneas son una especie de convocatoria a aquellos que, como yo, consideran dilemas sicológicos irresueltos a la maternidad, a los roles de género —los viejos y los nuevos— y a las garantías que no habremos sido capaces todavía de ofrecer al género femenino. En algo me aliviaría saber que la confusión no es sólo mía; confundidos, sírvanse manifestarlo. Me brinco por esta vez El brindis del bohemio (Guillermo Aguirre y Fierro, 1942), de culto, lo sabemos todos, y me voy por la novela que ha cumplido ya cuatro décadas en mi inventario de herramientas para enfrentar el Complejo de Edipo: La Madre. Su autor, Máximo Gorki, no es un escritor menor, candidato por lo menos en cinco ocasiones al Nobel de Literatura de sus años. Publicada en 1907, en aquella Rusia en turbulencia por el pensamiento marxista y la revolución socialista en gestación, la obra hizo al escritor del tamaño que entonces tenían Tolstoi o Chéjov. Claro que Máximo era judío, por supuesto que su novela contiene cuatro mil años de esa tradición para la cual la madre es un personaje esencial. No podemos saber si el escritor leyó a su paisano y contemporáneo, y si el pensamiento freudiano llegó a atormentarlo también a él. El seudónimo que eligió, Gorki, amargo, resulta cuando menos sugestivo.
La Madre cuenta la historia de Pelagia Nilovna, víctima de un marido maltratador que muere al inicio del relato. Pelagia debe cuidar ahora, por sí sola, de su hijo Pável, quien resulta ser nada menos que un activista de la lucha socialista, desconocida hasta entonces para ella. La mujer se convierte en amorosa cuidadora de su hijo y los camaradas revolucionarios, se identifica con sus ideas y a la vez teme porque sabe el riesgo que representan para su vástago. Pável es arrestado al fin y enviado a Siberia. Pelagia, madre antes que nada, se suma a la lucha por las ideas en las que creyó su hijo, hasta que es arrestada, torturada y enviada a Siberia. ¿La madre de la revolución? Puede ser, aunque fue escrita antes de que ésta se consumara. Desde entonces, será la madre de todos los rusos, tal vez anhelo ancestral de Gorki si consideramos su orfandad a los 11 años.
¿Y qué hay de la madre de todos los mexicanos? ¿La guadalupana, la Corregidora, Leona Vicario? Quizá las esposas de nuestros presidentes con sus instituciones de protección a la infancia. ¿El enredo? Alguien tan retrógrada como yo mismo puede creer que la fortaleza femenina por excelencia tiene que ser la maternidad, que justifica cuanta prerrogativa quiera derivarse de ahí. Alguien feminista y de avanzada me acusaría de condenar a la mujer al tradicional papel de explotada en nombre de los hijos, negándole el derecho sagrado al desarrollo personal, trabajo, dinero y patrimonio. Sospecho de la ideología que inspira estos reclamos; de vez en cuando me suena hueca, ideología y ya. Dudo mucho de sus resultados jurídicos y sociales, y en cambio sigo pensando que las mujeres son centrales, esenciales, protagonistas en la vida de pareja, la familia y la crianza, y me preocupa que tales atribuciones naturales les estén siendo regateadas por vía de retruécanos políticos y jurídicos. Ponderaba yo —¡públicamente!— a estos hombres accesorios, complementarios, periféricos, proveedores y protectores, y me llovió, quién me manda. Lejos de ser resuelto el conflicto, me declaro sesgado completamente a la facción femenina, porque ni este país ni cualquier otro del mundo están para concesiones, de tan urgentes las causas de las mujeres. “¡No tiene madre!”, me adivinó alguien hace unos días. En efecto, carezco, lo mismo que del anhelo, resuelto —digo yo— por los freudianos medios. Gracias a eso, tal vez, celebro a las madres tanto como habré de celebrar a las mujeres el resto de mi vida. Los hombres
—admito— somos previsibles y aburridos.
