De nuevo las trampas de la fe

Y ya nada más porque vino al caso, quienes han visto la película ganadora del momento, Moonlight, se dieron cuenta de que el relato descansa en dos referentes: el primero, no hay familia, el segundo, el protagonista desarrolla una identidad gay. Habrán sido tales ...

Y ya nada más porque vino al caso, quienes han visto la película ganadora del momento, Moonlight, se dieron cuenta de que el relato descansa en dos referentes: el primero, no hay familia, el segundo, el protagonista desarrolla una identidad gay. Habrán sido tales propuestas las que le han concedido enorme vigencia a lo que ahí se narra. Con eso estábamos todos “chupando tranquilos”, cuando se nos viene encima la homilía dominical del máximo jerarca de la Iglesia católica mexicana. El señor arzobispo insiste en que “el fundamento de la familia es la unión del hombre y la mujer”. Sin más propósito que el de expresar mi punto de vista, encuentro que el dogma de fe contiene la trampa en sí mismo, como todos los dogmas, creo. Ése debía ser el gran problema doctrinario de todas las religiones: inspiración de la divinidad al fin, los dogmas no requieren modificación, se atienen a la fe y listo.

No es nihilismo y nada más; al contrario, este espacio propone mantener el optimismo en los cambios culturales y de manera consecutiva en la evolución de las sociedades. Sólo que para que suceda eso no existe mayor estorbo que los dogmas. Están colapsando los gobiernos, están colapsando la educación pública y su institución emblemática: la escuela. Aventuremos, ¿la familia también está colapsando? Dato duro: para el futuro inmediato, una pareja formada por hombre y mujer, por vía del matrimonio o de cualquier otro arreglo, enfrenta 50% de probabilidades de deshacerse. Considerando la propuesta del prelado, téngase en cuenta que el fundamento de la familia va a fracasar la mitad de las veces, obligándonos con ello a generar espacios de discusión acerca de modos alternativos de organización y funcionamiento familiar. Ocurre, sin embargo, que el dogma —tramposo siempre— anula esa posibilidad. Basten como ejemplo el matrimonio gay y la familia a partir de ahí, a los que todos sabemos que se refería en último término  el prelado. Tarde a tarde en un consultorio siquiátrico se entienden cualquier cantidad de cosas, tales como el papel de muchísimas familias en el desarrollo de trastornos mentales. Esas familias —situación consistentemente observable— suelen estar organizadas al modo tradicional, y de repente parecen por ello inaccesibles a la ayuda profesional; dogmáticas, insisto, para que con mucha frecuencia haya que elegir entre las creencias religiosas y la sanidad. La Iglesia católica debe estar dándose cuenta de la incompatibilidad de sus preceptos con los conflictos del presente siglo, sobre todo si por esa razón pierde miles de adeptos día con día.

Por ello, supongo, el señor arzobispo agregó un segundo tema a su mensaje: hay que revalorar las relaciones entre la Iglesia y el Estado mexicano, porque la ley vigente hace 25 años se ha “anquilosado”. Critica que se prohíba a los ministros de culto el derecho a la asociación, a la opinión, a la adquisición de medios de comunicación o a la objeción de conciencia para quienes discrepan de las leyes del país.

De nuevo las trampas. Las prohibiciones, que según el arzobispo atentan contra los derechos humanos, son dogma, de Estado en este caso, pues los ministros de culto se asocian, opinan lo que les da la gana, poseen y utilizan medios de comunicación, y objetan, como sucedió con el tema del “matrimonio igualitario”. ¿Se trata de legalizar lo que de cualquier modo ocurre ya, para que se trate de una postura de Estado? Prefiero la hipocresía de las marchas contra la homosexualidad a aquella iglesia traidora que condujo Pelayo de Labastida hasta hacerla merecer la sanción de las Leyes de Reforma. Nada más no veo cómo defendemos a la familia mexicana concediendo más atribuciones al clero.

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