Por Guillermo Fajardo*
Si pudiese resumir en una expresión lo que Geney Beltrán Félix ha hecho en El vértigo del caos (Almuzara, 2025) —su más reciente libro de ensayos— diría que es el afecto reflexivo: un libro que imagina a la literatura como un tejido para enhebrar con ternura, pero también como una regla para medir con precisión. ¿No es el ensayo el género de una pasión desbordada, contenida por la pulsión analítica? En estas gestas literarias, donde Beltrán batalla con ciertos autores —todo libro de ensayos revela unas manías, unas lecturas, una imaginación labrada por la disciplina— también asistimos a la autobiografía y al aforismo. La autobiografía como ensayo de lo que fuimos y el aforismo como ensayo de lo que tenemos que ser: en ambos duerme una lección moral o la semilla de una novela.
“Cuando el terror entra por la puerta, la solidaridad sale por la ventana. Si permanece, a veces hablamos de heroísmo”, escribe Beltrán Félix, y cómo no, si en el presente tenemos la sensación de haber sido arrojados al vértigo del caos, donde apenas nos reconocemos. La literatura debería servir como un ancla para esta tormenta. Con esa ancla en la mano, Geney Beltrán recorre a autores como Amparo Dávila, José Donoso, Elena Garro, Emily Brontë, Andréi Platonov o Luis de Camões.
Para Geney Beltrán, “la forma que cada quien le da al ensayo es, sospecho, una manifestación de su temperamento”. Claro: la literatura como vida, en donde el ensayista se toma en serio la mentira de la ficción y la trata como hecho real. El ensayista habita una cruel ironía: crear un espacio autónomo para algo inexistente. Pero no todo es futilidad, pues el ensayo “pone distancia ante los sistemas de la autoridad política o religiosa o académica”. Y el autor pone en práctica lo que predica: El vértigo del caos salta de un lugar a otro con inusual alegría, pero también con un claro compás moral, pues ¿no es la literatura el lugar de los afectos que expanden lo humano y la huella de nuestro candor como especie? En el ensayo caben todas las militancias y todas las inteligencias: es una novela sin protagonistas y sin trama, o acaso con una sola: la de aquel que ensaya. Pero el que lo hace tiene un compromiso: “Las palabras no son los hechos, pero sin ellas los hechos quedarían en la impunidad del olvido”. La ficción envuelve los hechos en un envoltorio que se hace pasar por real, esconde sus mecanismos. El ensayo no tiene tiempo para estas pirotecnias: rastrea su propio origen en la ficción.
“Escribir hoy significa intuir cómo quiere ser la lengua mañana”, dice Beltrán Félix. No se equivoca: toda escritura tiene vocación de futuro, el arte tiene ansiedad por la memoria, pues permanecer en la mente del lector es el campo de batalla definitivo del escritor. El pulso íntimo de la creatividad resulta, a menudo, en la trampa de la complacencia, en la creencia de una totalidad armónica. El crítico viene a aguarnos la fiesta: la crítica, si bien es el estadio de la emoción, carga también con el perfume de la inteligencia sin compromisos. En la literatura caben todas las contradicciones que en otras áreas resultarían odiosas. “Un dogma es aquella verdad que se defiende no por verdadera, sino por útil— para nuestros intereses”. ¿Y cuáles son los dogmas de la literatura? ¿La creación sin lamentos? ¿La elusiva permanencia? Las lecturas escogidas por Beltrán Félix van en ese sentido, no como una rígida columna vertebral, sino como un antiguo templo lleno de detalles novedosos.
Aquí avistamos el núcleo de toda literatura: que la tradición siempre se renueva, por ello seguimos atentos a los pasos de don Quijote, a la sinceridad espiritual de Aliosha Karamazov, o al vértigo del Aleph. Tiene razón Geney Beltrán al afirmar que “el novelista no es vocero de ninguna facción”, peligroso aforismo para los tiempos que corren, aunque escribir ficción siempre ha entrañado algún tipo de peligro material, político o ideológico. La literatura no posee ni aspira a los contenidos de los textos sagrados, pero tampoco al vacío del abismo informe. Entre estos dos extremos está su perenne vocación, la que incomoda a partisanos y fanáticos por igual: la incesante creación de mundos que siguen interrogando al nuestro.
*Escritor
X: @GJFajardoS
