T-MEC 2026: el dilema verde de México
Por: Ricardo Peraza* En 2026, México se enfrenta a una encrucijada. La sostenibilidad, ese ideal tan mencionado, se ha convertido en un desafío tangible, y la presidenta entrante, Claudia Sheinbaum, se encuentra navegando un mar de promesas, compromisos ambientales y ...
Por: Ricardo Peraza*
En 2026, México se enfrenta a una encrucijada. La sostenibilidad, ese ideal tan mencionado, se ha convertido en un desafío tangible, y la presidenta entrante, Claudia Sheinbaum, se encuentra navegando un mar de promesas, compromisos ambientales y tensiones comerciales. Desde hace años, el mundo ha fijado su mirada en los principios ESG: ambiental, social y de gobernanza. Son los nuevos pilares del progreso, una brújula para quienes sueñan con un futuro más limpio y justo. Pero en la realidad, estos ideales chocan con las viejas formas de hacer política y los intereses económicos que parecen inamovibles.
Sheinbaum, quien en su tiempo como Jefa de Gobierno de la Ciudad de México mostró un interés por la sostenibilidad, ahora debe llevar esa visión al escenario nacional. México, un país con vastos recursos naturales, pero también con una dependencia crítica de los combustibles fósiles, camina sobre la cuerda floja. El sol y el viento podrían ser su salvación; energías limpias que prometen un nuevo comienzo. Sin embargo, las sombras de Pemex y la Comisión Federal de Electricidad se ciernen, poderosas y resistentes, ancladas a un modelo que ha sido difícil de cambiar.
El aire en las calles de la CDMX es un recordatorio diario de que la calidad del medio ambiente es más que promesas de campaña. Es una urgencia. El país se encuentra en una etapa crítica: las oportunidades para mejorar la sostenibilidad están al alcance, pero requieren sacrificios. Implementar políticas que promuevan la agricultura sostenible, proteger los bosques que se desvanecen y gestionar el agua como el recurso valioso que es, se presentan como soluciones. Pero la cuestión más compleja está por venir.
En medio de esta lucha por la sostenibilidad, el T-MEC, ese gigante del comercio que une a México con Estados Unidos y Canadá, se asoma como un desafío monumental. Se acerca la fecha de su revisión en 2026, y el reloj parece avanzar más rápido que nunca. Las tres naciones tendrán que decidir si extienden el acuerdo por 16 años más o si inician una cuenta regresiva de 10 años hacia su disolución. Lo que en un principio parecía un trámite seguro ahora está lleno de incertidumbre.
Los intereses son dispares. México y Canadá, dependientes del comercio con Estados Unidos, se inclinan por una renovación inmediata, sin muchos cambios. Pero en Washington, la política es otra historia. Los costos de no renovar el acuerdo no son tan altos desde la perspectiva estadunidense. Aún quedarían diez años para renegociar, y en ese tiempo, la influencia de Estados Unidos solo aumentaría. El presidente de turno, sea Harris o Trump, enfrentará un dilema: los costos políticos de una renovación pueden ser más altos de lo que parecen.
Sheinbaum observa este escenario con una mezcla de pragmatismo y esperanza. Sabe que la negociación del T-MEC afectará no solo la economía, sino también el futuro ambiental del país. Las reglas sobre energía, trabajo, y las controvertidas normas de origen automotriz se mezclarán con nuevos temas como la inteligencia artificial y los minerales críticos. Las industrias mexicanas, arraigadas en prácticas antiguas, deberán evolucionar o enfrentarse a las consecuencias de un mundo en transformación.
México tiene mucho en juego. Si el tratado se desmorona, el impacto sería profundo. Si se renueva sin cambios, puede significar años de estabilidad comercial, pero también la perpetuación de políticas no es tan compatible con la agenda ambiental y social que Sheinbaum busca implementar. La presidenta deberá encontrar una manera de aprovechar el tratado para promover la sostenibilidad, pero hacerlo sin ceder demasiado a las exigencias de sus socios podría ser una tarea imposible.
Algunos dirán que la respuesta está en ceder. Otros, que el desafío es resistir. Lo que está claro es que las reglas del juego han cambiado. No se trata sólo de comercio; el medio ambiente se ha colado en el centro de la discusión. Y México, con su vasta biodiversidad y sus desafíos climáticos, no puede permitirse estar al margen. Los tiempos de tomar decisiones fáciles han quedado atrás.
El futuro que enfrenta Sheinbaum está lleno de paradojas. Por un lado, las oportunidades de cambio son mayores que nunca. Por otro, los intereses que las frenan también. En esta negociación, el medio ambiente no es un espectador. Es el campo de batalla. Mientras la fecha de revisión del T-MEC se acerca, los ecos de los compromisos ambientales y las tensiones comerciales reverberan en cada rincón del país.
Cuando 2026 llegue, y las partes se reúnan para decidir el futuro del tratado, lo que esté en juego no será solo el comercio entre tres naciones. Será una visión del futuro, una lucha entre lo que siempre ha sido y lo que podría ser. Y en el centro de todo estará México, un país que busca su lugar en el mundo sin perder de vista que el futuro ya no es una elección: es una responsabilidad.
*Abogado internacionalista
