Si el humor en el país es negro, su futuro también lo será

Si hiciera un recuento de los abominables casos, como el de Fátima Aldrighetti(una niña de 7 años que, después de haber sido secuestrada, apareció desmembraday con signos de violencia sexual), que exhiben la miseria humana que se vive en Méxicoen materia de seguridad, teclearía hasta el infinito.

Por Mauricio Hernández Cervantes

La violencia se mide en cruces y cicatrices; el humor (algo muy distinto), en risas. Arranco….

Hace un par de años entrevisté a Carmen, una mujer que carísimo ha pagado el precio por ponerle límites a un varón en un país en el que la impunidad es la norma: un psicópata le desfiguró el rostro con ácido y, encima, tras la denuncia, ella tuvo que vivir un viacrucis judicial contra su agresor. También, merecí la confianza de tres chicas que me contaron cómo es la lucha interna al aprender, día tras día, a amar a sus hijos que nacieron producto del peor día de sus vidas, es decir, cuando las violaron. Y el año pasado publiqué (sudando rabia sobre el teclado) las historias de varias madres que aún tienen en las uñas tierra de los páramos yermos en los que buscan (sin suerte, pero con esperanza de titanio) los cuerpos de sus hijas, de sus hermanas, de sus madres, de sus amigas: mexicanas a las que seres sin nombre y sin rostro borraron impunemente del presente y de cualquier futuro.

Sigo. Ejerciendo este noble oficio, contar cosas, he escuchado a mujeres, como, por ejemplo, a la exrepresentante de ONU Mujeres, Patricia Olamendi, y a la reconocida activista Arussi Unda, y gracias a ellas descubrí que no son 11 mujeres las que son asesinadas todos los días en México (como así lo ha sostenido el gobierno): son, por lo menos, 20. Además, atendiendo al testimonio de Leticia, la fundadora de la Red de Madres Buscando a sus Hijos, comprendí que, aunque una madre encuentre al exnovio de su hija que la secuestró y mató, y lo vea (después de tres años) tras las rejas, nunca tendrá la certeza de que ese delincuente permanecerá preso. Ese miedo lo tiene mucha gente más: se sabe que en los despachos judiciales, patrullas, calles y ministerios públicos hay un monstruo invisible que permite que las mujeres desaparezcan (o aparezcan muertas) y no pase nada. Esa realidad ya es innegable.

Si hiciera un recuento de los abominables casos, como el de Fátima Aldrighetti (una niña de 7 años que, después de haber sido secuestrada, apareció desmembrada y con signos de violencia sexual), que exhiben la miseria humana que se vive en México en materia de seguridad, teclearía hasta el infinito. Lo que sí puedo hacer es preguntarme, ¿quién, que haya nacido de una mujer, que reciba un dinero por un trabajo digno, puede burlarse de todo lo anterior? Por supuesto, hago referencia al escándalo que empapó al reality show de moda: La Casa de los Famosos (2024). Y mi respuesta es: nadie. Por supuesto, hago referencia al individuo (escribir su nombre me da repelús) que catalogó de “humor negro” a toda la burricie que salió de su boca como “una mujer menos que maltratar”, o la alusión que hizo a quemarle la cara con agua y aceite a una de sus compañeras. Por supuesto, no comprendo cómo fue que la televisora y la productora no lo expulsaron del programa y lo vetaron inmediatamente. Hay cosas que van más allá de los contratos.

Y, ahora, el quid del asunto. Como usted ya lo sabe, estimada lectora, estimado lector, fue la sociedad civil (espectadores, consumidores, etcétera) la que presionó a los patrocinadores de ese programa para que en su merecido espacio de entretenimiento no se le diera más exposición (y, por supuesto, dinero) a un misógino y agresor en potencia que se mofa de algo que en latitudes más civilizadas se considera “delito de odio” y “violencia de género”. En pocas palabras, fue el público de ese show el que se volcó en las redes sociales para no normalizar algo tan repugnante como es la risa de un varón maltratando a una mujer.

Sí, me atrevo a escribir “latitudes más civilizadas” porque hay números indefendibles: aquí, una persona desaparece cada hora; aquí, 20 mujeres son asesinadas todos los días. ¿Sigo? En definitiva, Dinamarca no tiene cifras; muchísimo menos, esas realidades.

Ahora bien, si a alguien estos datos (o, peor aún, casos) le parece que pueden ser la masa madre de chistes o de, llamémosle, humor negro, entonces el futuro de este país (con todos nosotros dentro) tendrá el mismo color. Por lo pronto, el “humorista” en cuestión está en la calle y se presume que ganó, por lo menos, más de dos millones y medio de pesos gracias al “arduo” esfuerzo de sus “chistes”. Eso, en Dinamarca, es inadmisible; aquí debería de serlo también.

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