No hay solución, hay soluciones

Por Juan Carlos Andueza*

Abrir la llave en casa y escuchar únicamente el siseo del aire atrapado en la red se ha convertido en una escena habitual para millones de personas en México. La crisis del agua dejó de ser esa advertencia ambientalista futurista para convertirse en una realidad cruda y cotidiana. Las presas principales registran niveles mínimos, los pozos profundos se están secando a ritmos acelerados y colonias enteras deben organizar sus vidas en función de los días en que pasa una pipa para llenar unos cuantos botes. Durante décadas nos hicieron creer que la solución vendría de la mano de un gran proyecto de ingeniería, una nueva presa o una ley milagrosa que resolvería todo de la noche a la mañana. Hoy, la realidad nos demuestra que seguir esperando esa respuesta única es un grave error. La emergencia es tan amplia y diversa que exige entender una idea fundamental: no existe un solo camino, sino muchos que debemos recorrer al mismo tiempo.

Para hacer frente a este enorme reto, necesitamos desplegar un abanico completo de acciones. En primer lugar, la infraestructura tradicional debe complementarse con soluciones basadas en la naturaleza. Esto significa cuidar y recuperar los bosques, ríos y humedales que permiten de forma natural que el agua de lluvia se filtre a la tierra y recargue las reservas subterráneas. Por otra parte, la captación de agua de lluvia debe dejar de ser una simple iniciativa escolar o un proyecto aislado para convertirse en una exigencia real en las construcciones de casas, escuelas y grandes empresas.

En las grandes ciudades del centro del país es indispensable apostar por la limpieza y el tratamiento del agua usada para volver a inyectarla a los pozos de manera segura y permitir que los suelos se recuperen de tantos años de extracción desmedida. Asimismo, en las zonas áridas y en las costas del norte, quitarle la sal al agua de mar mediante la desalinización representa una alternativa sumamente lógica para asegurar el suministro de las familias y la industria, siempre y cuando se haga con un estricto cuidado del medio ambiente y usando energías limpias. Sin embargo, nada de esto se sostendrá en el tiempo si no existe un trabajo en equipo real. Se requieren programas constantes de colaboración entre las empresas, las autoridades de gobierno y los propios vecinos de cada comunidad, asegurando que los proyectos no sólo reciban financiamiento, sino que se cuiden y vigilen todos los días.

Por otro lado, de nada servirá buscar nuevas fuentes de abastecimiento si continuamos desperdiciando el recurso que ya tenemos a nuestro alcance. Es inaceptable que en las ciudades mexicanas casi cuatro de cada diez litros de agua potable se pierdan en fugas bajo la tierra debido a tuberías viejas, rotas o en mal estado. Arreglar, dar mantenimiento constante y renovar por completo la red de distribución urbana tiene que convertirse en la máxima prioridad del presupuesto público local. Son obras que no siempre lucen o se ven a simple vista, pero son la urgencia más grande que tenemos si queremos detener el desperdicio.

Finalmente, la infraestructura física necesita el apoyo de un cambio cultural profundo en la sociedad. Urge una gran campaña de educación e información que transforme de raíz la manera en que valoramos el agua. Debemos dejar de verla como un recurso infinito que siempre estará ahí o que no cuesta trabajo llevar hasta nuestras casas. Aprender a reutilizarla, evitar el desperdicio, denunciar las tomas y pipas clandestinas y asumir la responsabilidad que nos toca como usuarios es indispensable para garantizar que el agua alcance para todos.

La escasez hídrica en México es un problema muy grande como para pensar que se resuelve con un solo movimiento. Si queremos asegurar el futuro del país y el bienestar de las próximas generaciones, debemos entender que no hay una solución mágica, sino un conjunto de soluciones coordinadas trabajando todos los días.

*Analista