Es por todos conocido que, en el transcurso del gobierno de AMLO, la política exterior brilló por su ausencia. El expresidente se negó a participar en foros internacionales de enorme relevancia para México y dejó de participar en eventos que representaban la oportunidad de establecer contactos y comunicación con diversos interlocutores, entre ellos jefes de Estado, con miras a diversificar la política exterior del país y atraer el interés y las miradas del mundo hacia México. Para efectos prácticos la política exterior fue un rotundo fracaso y tanto Marcelo Ebrard, excanciller de AMLO, como el propio presidente fueron responsables de este fiasco. Y esto sentó un precedente peligroso.
La política exterior de cualquier Estado es un ejercicio complejo y, requiere, si de representar los intereses nacionales se trata, de una serie de medidas y acciones de Estado tan complejas como delicadas. Hoy en día, se vuelve impostergable que la política exterior de México se someta a una seria revisión si se desea cumplir con la expectativa expresa de que nuestro país sobreviva con éxito a la ola de cambios a que el sistema internacional ha estado expuesto desde el fin de la Guerra Fría, y muy especialmente ahora, con el trumpismo, en que, al menos tres guerras, (Ucrania, Gaza e Irán) han movido las piezas del tablero internacional de una forma por demás brusca e incómoda. Son innumerables los temas de los que ha dependido y dependerá México en esta materia, pero, sobre todo, serán muchas las exigencias que este contexto cambiante le planteará a México en este siglo tan desafiante.
Después de todo, la elaboración de la política exterior es una actividad necesaria del Estado moderno. Como todo en política, una política exterior no es inamovible como no lo es la realidad que circunda las decisiones estratégicas que se toman en defensa de intereses nacionales: constantemente se da el caso de que ésta tiene que modificar sus prioridades programáticas y de fondo en función de los cambios históricos; pensar lo opuesto es ignorar los términos que la cambiante realidad internacional impone. Se trata de sugerir y eventualmente impulsar la elaboración de una estrategia de política internacional, no sólo comprensiva, sino encaminada a cumplir con la tarea que ésta siempre ha tenido en el mundo desarrollado: ejercer una vigilancia constante sobre los cambios permanentes que ocurren en la política mundial. No se puede concebir otra forma de definir una política exterior estratégica, visionaria y de largo plazo, y que a la vez sea resolutiva; es decir, que responda con soluciones concretas a las necesidades que le presentan los acontecimientos mundiales.
La presidenta Sheinbaum reivindica en su informe a la nación, como si esto fuera una novedad, que el gobierno mantuvo los principios constitucionales de autodeterminación de los pueblos, no intervención, solución pacífica de controversias, proscripción de la amenaza o del uso de la fuerza, igualdad jurídica de los Estados, cooperación internacional para el desarrollo, respeto y promoción de los derechos humanos, y lucha por la paz y la seguridad internacionales. En el informe, Sheinbaum centra las relaciones exteriores de México en nuestra relación con Estados Unidos, compleja y accidentada de por sí, y no se menciona nuestra relación con otros actores, quizás candidatos ideales para dar pasos en la diversificación comercial y diplomática a la que nos vemos obligados en vista de mantener una relación tortuosa y atormentada con Washington. Quien haya realizado esa parte del informe tiene una noción muy pobre del papel de México en el mundo y de la necesidad, como se plantea líneas arriba, de ejecutar una política exterior de vanguardia, tal y como los nuevos tiempos exigen. El gobierno acaba de firmar un acuerdo comercial con la Unión Europea de la máxima relevancia y la Presidenta no se atrevió a elaborar en detalle sobre el enorme precedente que esto supone toda vez que abre una gran ventana de oportunidad en las relaciones internacionales de México. Tampoco hubo mayor detalle sobre los acuerdos económicos y políticos con América Latina y Asia. En suma, existe Estados Unidos y el mundo que espere a que las urgentes estrategias de política exterior de México aparezcan en la mente de la Presidenta. El informe es muy pobre en esta materia y plantea muchas preguntas sobre el verdadero interés del ejecutivo en desplegar todos sus recursos a la mano para poder hacer que México juegue un papel relevante en la construcción de una nueva arquitectura internacional y regional para el milenio.
