Deslucida realidad

Ha sido una semana en la que nos encontramos con las acostumbradas paradojas que suelen ser motivadas por los llamados “informes de gobierno”. De día y de noche nos encontramos con “datos” oficiales que nos hablan de un país que no se alcanza a encontrar del todo. Con lugares comunes y frases bien trabajadas, como es normal desde las épocas legendarias del presidencialismo mexicano, nos describen un México lleno de espejismos que no siempre reflejan lo que ocurre en lo cotidiano, en esa realidad que, al parecer, le provoca dolores de cabeza al gobierno.

Ya los expertos se encargarán de desmenuzar las estadísticas, de analizar las telarañas retóricas del discurso oficial. Sin embargo, lo que nos brindó esta semana fue la posibilidad de comprender que las paradojas se subrayan, que se acentúan cuando no necesitan de explicaciones y basta con observar las noticias para percatarse que la realidad se encarga de desarticular la retórica más elaborada: un discurso que edulcora las futuras campañas.

Pareciera que no hay manera de explicar que hay aspectos de la realidad que no son compatibles con el discurso presidencial y que, por ello, están fuera de las cuartillas que se leyeron. Aspectos que no deberían reducirse a ese macabro juego del maniqueísmo que termina por hacer cada vez más profundas las grietas que existen en nuestra sociedad. Así, aunque se proclamen a todas las direcciones del viento y con los altavoces del engranaje estatal que han disminuido las cifras que nos hablan acerca de la violencia, durante los últimos días nos percatamos que existe una suerte de distancia entre el optimismo oficialista y esa ocurrencia que es la realidad.

Violencia y asesinatos que ocupan varios minutos de las barras de noticias, de las redes sociales, y que nos despiertan una sensación de incompatibilidad cuando, en cuestión de segundo, escuchamos las cápsulas que nos transmiten las buenas nuevas del informe presidencial. Parecería un poco más que incongruente el vínculo entre lo que sucede en lo cotidiano y el espejismo que enmarca el triunfante discurso estatal. Así, con un simple ejercicio de lo ocurrido entre semana, sabemos que diferentes actos violentos ocuparon nuestra atención y que nos vuelven a alertar acerca de lo que hoy vivimos como sociedad. 

La tragedia y el horror sacudieron lo cotidiano. Así, una vez más, entre tantas noticias que nos hablan de un país que se sigue fracturando, nos enteramos del asesinato de toda una familia que, desde el momento en el que se daba a conocer esta desgracia, la respiración se contenía ante el horror y la monstruosidad de la barbarie que puede alcanzar el ser humano. Sí, por enésima ocasión nos sentamos a leer, observar, escuchar los detalles que se daban a conocer acerca de este asesinato y el desasosiego se apoderaba de cada minuto del día: entre el silencio que ahoga al mundo y las expresiones con las que blindamos la desazón no alcanzamos a comprender lo que había ocurrido. Y cada dato e imagen terminaban por acentuar la profunda pena por quienes habían sido asesinados, por las circunstancias que se han dado a conocer, por la violencia a la que nos hemos acostumbrado.

Poco se puede agregar ante esta situación que nos rebasa desde el ámbito de lo racional. Así, más allá de pensar en esta tragedia como un caso excepcional y único —vaya que se han lanzado al huracán de lo vergonzoso y el absurdo—, quizá sea oportuno detenernos un poco y tratar de empatizar con los casos de los miles de muertos y desaparecidos cuyos dramas estamos lejos de conocer e imaginar. 

No hay excepcionalidad en la tragedia y ni la desgracia, pero tampoco en la barbarie de quienes son capaces de cometer actos tan atroces, crímenes que hoy pueden ser noticia y tantos más de los que tampoco nos enteramos. Y quizá tampoco serán parte de las historias que algún día se llegarán a contar.

Lo más sencillo será ocuparnos de las cifras, de los jaloneos discursivos que implica los posicionamientos políticos, el fanatismo y la manera en la que, según la nueva crítica periodística y literaria, se “debe” hablar acerca del horror y la tragedia. Lo necesario es detenernos para, quizá, comprender que esos fuegos de artificio nos alejan del punto medular de toda la discusión: la violencia impera en nuestro país, con tantos rostros y de tantas maneras, que poco a poco ha dejado de ser trascendental en nuestra manera de entender el presente. Así, la indignación y el horror se difuminan con cierta facilidad en el trasiego de nuestro cotidiano, porque, luego del martes, bastaron un par de días para saber de otras tragedias que, en suma, han deslucido y empañado a los espejismos en donde el posible asesinato de un diputado no “... es un atentado, un ataque. Es un lamentable fallecimiento por un arma de fuego”, así de simple. Porque la realidad allí está, con su coloratura que a fin de cuentas nos deslumbra.