Jaime Sabines y el Segundo Siglo de Oro

Por Pablo Reyes

Este año marca el centenario del nacimiento de Jaime Sabines, nacido en 1926, y fallecido en 1999, en los albores de este siglo. El onomástico del poeta chiapaneco comprende también un siglo de vigor literario en Latinoamérica que bien podría calificarse como un segundo “Siglo de Oro” del castellano, pero que, a diferencia del primero, ocurre en la otra orilla del Atlántico, en el vástago erigido en América por la lengua de Castilla.

Jaime Sabines nace apenas 10 años después del fallecimiento del nicaragüense Rubén Darío. Como nadie, Darío consolida el español americano como una expresión distinta al peninsular. Si bien la independencia política de España se había logrado 100 años antes, el convulso siglo XIX impidió el desarrollo de un lenguaje propio en Hispanoamérica hasta que el modernismo de Darío encuentra el tono americano del español.

A partir de ese germen el español de América se ramifica en estilos nacionales y hasta regionales. El modernismo de Darío es la independencia lingüística y estilística respecto de la tradición peninsular, impregnando con un sello vanguardista al español occidental.

Darío fue el primero en incorporar al castellano a las vanguardias francesas, más tarde Octavio Paz se alimentó de otras vanguardias galas, como el surrealismo, para construir una poesía propia y novedosa. En Argentina, Borges tomó de la literatura inglesa y nórdica temas y acentos que cincelaron, en español, una de las obras más importantes de la literatura mundial del siglo XX. César Vallejo en Perú fue más allá de lo que las vanguardias francesas se atrevieron a ir, acabando en ulular y onomatopeyas. 

El español de América tuvo en este “Siglo de Darío”, una impronta: la vanguardia, el ímpetu por romper con la tradición. Rayuela de Cortazar; Aura de Carlos Fuentes; La Invención de Morel de Bioy Casares; la deslumbrante Farabeuf de Salvador Elizondo, son intentos de transformar la novela desde sus cimientos, sacudiendo su estructura, dialogando con el cine, ensayando propuestas estéticas arriesgadas. Elena Garro y Los Recuerdos del Porvenir, y el corpus de Gabriel García Márquez, redondean los ejemplos de un siglo de novela hispanoamericana que cambiaron la literatura mundial y que abarcan un dilatado siglo de esplendor de nuestra lengua.

En la novela, este nuevo “Siglo de Oro” del español, centrado en América, parece una cordillera andina: una larga serie de cumbres elevadísimas, en donde es difícil encontrar la montaña más alta: Cien años de Soledad, La Muerte de Artemio Cruz, Andamos Huyendo, Lola, Pedro Páramo, La Ciudad y los Perros, Paradiso. Como en los Andes, una montaña que nos parece enorme está rodeada de otras de igual altura, tocando el cielo.

En el ensayo: Borges, Paz, Fuentes, Pacheco, Alfonso Reyes, Carlos Monsivais, Mariano Picón Salas, emparejaron la tradición hispanoamericana con el resto de las literaturas, transformando en muchos casos el género ensayístico del mundo.

Lo notable es que junta a esas cumbres, pululan en ese “Siglo de Oro”, obras apenas menores que ellas, que construyen una larga cordillera literaria. Tan sólo en México, las obras de Juan García Ponce, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco, Fernando del Paso, José Revueltas y otros, dan cuenta del auge del español entre el modernismo de Darío y la muerte de los grandes poetas: Borges (1986); Octavio Paz (1998), y Jaime Sabines (1999). Como si el umbral del siglo XX hubiera estado vetado para los herederos directos del desafío vanguardista de Darío.

¿Y Sabines? Cuando la historia de este siglo de Darío se escriba, el papel de la poesía en español escrita en Hispanoamérica ocupará un lugar preponderante. La diversidad del castellano en la poesía del subcontinente tiene pocos parangones. Si acaso. 

Este segundo “Siglo de Oro” del español se abre con Rubén Darío, pero también, con Ramón López Velarde. Es la poesía, antes que la narrativa y el ensayo, quien explora y adelanta al castellano hispanoamericano. Es la poesía la que alcanza una diversidad inigualable.

Es difícil encontrar en cualquier lengua una poesía similar a la de Jaime Sabines: entre el surrealismo y la música ranchera; entre la rabia y la ternura; entre la alcoba y la cantina; entre el susurro y los gritos; entre lo vulgar y lo exquisito. Yo vi a Sabines leer sus poemas ante el público: parecía más un concierto que una lectura. El público gritaba, hacia peticiones, jaloneaba al poeta para pedirle algún poema. 

El centenario de Sabines, sin embargo, marca algo más: señala un largo período de esplendor de la lengua española, con epicentro en el continente americano, que quizá no vuelva a repetirse pronto.