Los miedos de los jóvenes

El proceso de cambio a la universidad les produce ansiedad, incertidumbre y miedo

Por Santiago García Álvarez* 

Son múltiples los estudios relacionados con la manera de pensar de los jóvenes que actualmente pretenden estudiar una carrera universitaria. Suelen coincidir en que tienen miedo de elegir. La sensación de que pueden equivocarse es frecuente en ellos.

Por otra parte, no les atrae trabajar en empresas tradicionales, pues lo consideran godín, y se inclinan más por el emprendimiento. Menos optimistas que los millennials, más bien son realistas y pragmáticos. Les gusta la apertura y la inclusión, la justicia social, la tolerancia y la responsabilidad social, quizá como ninguna generación previa. Se aceptan bien a sí mismos y a los demás, aunque tienen tendencia al egocentrismo y la dispersión. Para muchos de ellos, el éxito se puede lograr rompiendo esquemas, basados en parte en los influencers y youtubers que admiran.

El proceso de cambio a la universidad les produce ansiedad, incertidumbre y miedo. Les preocupa tomar una decisión equivocada, defraudar a sus papás, estudiar algo que no les guste, no “dar el ancho” y adquirir mayores responsabilidades. El miedo a fracasar parece ser una característica preponderante de esas nuevas generaciones, lo que se acrecienta con el entorno de inseguridad en que vivimos.

En un estudio reciente de una firma reconocida, 300 jóvenes fueron cuestionados sobre cuál sería la carrera ideal para ellos si es que pudieran diseñarla desde el principio. Lo impresionante fue que ¡se encontraron 300 respuestas distintas! Todos pensaron en combinaciones de varias disciplinas. Lo imaginaron como una especie de app de comida, donde ellos eligen las combinaciones no sólo de los platos, sino también de los ingredientes, tal y como ahora se piden las pizzas.

Ante esta perspectiva, sin duda, la oferta educativa se estremece. ¿Se deben respetar los planes de estudio actuales? ¿Es indispensable adaptarse al mercado y a las nuevas formas de pensar?

En el caso de una adaptación curricular inclinada al mercado, se podría hacer un plan de estudios totalmente flexible, adaptado a sus ilusiones y a su libre elección. El riesgo de esta posición sería graduar a profesionistas que se han divertido más, pero menos competentes. La estructura mental que forman ciertas carreras tradicionales ha demostrado ser exitosa a la larga, incluso en el caso de aquellos que se dedican a una disciplina distinta de la que estudiaron.

Por otra parte, se podría ignorar su manera de pensar y sentir. Las universidades podrían argumentar que no están para hacer lo que el mercado diga, sino para cumplir con su función. Una excesiva rigidez o una actitud soberbia podría romper el necesario diálogo, hacer poco atractiva la oferta y alejar a los jóvenes de las universidades.

Las nuevas generaciones de adolescentes y jóvenes son apasionantes. Tienen nuevos perfiles, cualidades nunca antes vistas, pero también ciertas carencias. Padecen muchos miedos. Hay que ser cercanos a sus preocupaciones, pero al mismo tiempo no intentar satisfacer en todo sus gustos, inclinaciones y apetencias, pues en el fondo les haríamos daño. Ceder sistemáticamente ante sus peticiones, a la larga, les dará inseguridad, pues pensarán que la manera de superar un obstáculo se basa en que éste sea retirado y no en su fuerza internas para superarlo. Más bien, me parece, se trata de hacerlos conscientes de que poseen fortaleza y la pueden desarrollar. 

Exigir en los temas importantes y ceder en los temas triviales es parte de la labor educativa actual. Se necesita una gran capacidad de escucha, sensibilidad para entender sus ansiedades y firmeza para formar personalidades sólidas. El reto educativo actual no es sólo de oferta curricular, sino también de encontrar soluciones integrales en un entorno complejo.

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