La neblina despierta
Schweblin busca envolver sus cuentos en un caparazón que necesita roerse para encontrar ciertas lecciones contenidas. La argentina se abalanza sobre barrotes que terminan por encerrarnos.
Por Guillermo Fajardo
Celebro que ciertos autores disciplinen su imaginación. Tendrá el lector algunos sospechosos en mente. Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) forma parte de este club. La argentina sutura sus historias en el límite de las ambigüedades. Sus cuentos lo mismo aparecen entre la bruma del despertar o entre una realidad afilada y ensombrecida. Su proyecto escritural parece depender de bordar entre las fronteras de lo extraño o lo insólito. Sus historias no sorprenden, más bien las abriga cierta fragilidad útil para entender los estados del mundo. A la argentina no le gusta dejar las cosas en claro, acaso por eso sus narraciones contienen varias llaves que sólo ella tiene.
En ese sentido, Schweblin es fiel a su estilo de contornos vacíos, llamaradas fugaces, miradas en constante retiro.
Matar a un perro, uno de los cuentos que aparece en su libro El núcleo del disturbio, sigue a una persona que tiene que matar a un can para aprobar cierta clase de examen. En una plaza abarrotada por esos animales, secuestra y golpea a uno. El tipo con el que viaja, el Topo, que a su vez es una especie de iniciador, le ordena que acabe con la vida del animal. Nuestro protagonista titubea —aunque logra su cometido— y como castigo es botado donde secuestró al perro. Un grupo de canes se incorpora al verla, como dispuestos a atacarla, pues saben lo que ha hecho. La mayoría de sus cuentos contiene estos elementos de fuga vital: pruebas ambiguas, personajes que cargan con un naufragio perenne sin ser trágico, un mundo frenado por la indecisión.
Schweblin busca envolver sus cuentos en un caparazón que necesita roerse para encontrar ciertas lecciones contenidas. La argentina se abalanza sobre barrotes que terminan por encerrarnos. Cierto tufo carcelario permea sus historias, pues sus personajes se encuentran en un panóptico expandido. Siempre son otros los dictadores: llevan los mapas del tesoro instalados en la piel. Por supuesto, tiene que existir cierta ambigüedad en estas cárceles y la argentina no aspira a contarlo todo; acaso los contornos de la prisión. Poco sabemos del interior de sus personajes. Schweblin se conforma con relatar sus suplicios. No estamos ante la celebración de las derrotas, sino ante su materialización.
En Nada de todo esto, el primero de los cuentos de Siete casas vacías, seguimos a una madre y a su hija, las cuales poseen una singular rutina: mirar casas y sacar de los jardines flores y macetas inapropiadas, así como cambiar regadores de lugar y enderezar buzones de correo. Schweblin identifica una conducta que, dependiendo de quién la mire, podría aparecer absurda, cómica, trágica o criminal. Resulta agradable pensar que los traumas pueden llevarnos de la mano hacia ciertos rituales mínimos que usamos para suprimirlos. En otro de sus cuentos, Un hombre sin suerte, Schweblin nos instala en la mirada de una niña que, después de un accidente hogareño que le ocurre a su hermana, se dejar llevar, estando en el hospital, de la mano de un desconocido, a quien la narración va perfilando con los contornos del pedófilo. Afortunadamente, la niña es salvada. Aquí, Schweblin desenvuelve el crimen futuro a través de una madeja. La escritora vulnera nuestro entorno: nos toca imaginar a los sacrificados por el peligro que nos observan, cautos, desde su fragilidad.
No veo en la argentina una pluma especialmente interesada en desarrollar un lenguaje: Schweblin es una escritora estratégica, no desborda sus narraciones, sino que las acota hacia los lugares que conoce. Es ahí donde se arriesga y genera sus sensibilidades y formaciones bélicas. No es fácil imaginar las reglas de la intimidad, como lo hace Schweblin, especialmente porque cada uno conoce las suyas a partir de la rispidez cotidiana. La argentina, sin embargo, supo entender los acontecimientos de su propio mundo e imprimirles el sello de un código o de un procedimiento.
En Distancia de rescate, novela corta, Schweblin vuelve a los temas desarrollados en sus cuentos: intimidades familiares, deformidades, las experiencias impalpables de la fragilidad infantil. David, un niño, bebe agua de un arroyo aparentemente envenenado y su madre, desesperada, lo lleva a la casa verde, donde se le practica una especie de migración de su alma a otro cuerpo para sobrevivir al veneno.
Las narraciones de Schweblin contendrán amenazas escurridizas que desbaratan nuestros arrojos. No son rompecabezas, ya que la imagen completa nunca nos será revelada: animada por la condición milenaria de nuestros miedos, esta narrativa pantanosa encuentra en los sótanos de la sique cierta admiración negociada.
Este pacto nos rebasa a todos: es el efecto inevitable de narrar a contraluz.
