La libertad de expresión en la 4T
Las voces disonantes amenazan la efectividad de la propaganda sin dobleces que adoctrina y tiene como perspectiva adueñarse de la historia para contarla en sus épicos términos, en el entendido de que la verdad no es lo que la evidencia muestra, sino lo que la gente cree.
Por Fernando Belaunzarán
El poder concentrado y la libertad de expresión no suelen llevarse bien. Menos aun cuando, desde la cima, se decreta la concreción del cambio prometido, el cumplimiento palpable del anhelo colectivo de prosperidad, paz, justicia, honestidad y hasta felicidad. Entonces las voces disonantes amenazan la efectividad de la propaganda sin dobleces que adoctrina y tiene como perspectiva adueñarse de la historia para contarla en sus épicos términos, en el entendido de que la verdad no es lo que la evidencia muestra, sino lo que la gente cree.
El episodio del periodista Jorge Ramos inquiriendo al Presidente en Palacio Nacional tuvo la virtud de romper el guion de la puesta en escena. No sólo refutó el triunfalismo con los propios datos oficiales, sino que, en vivo y en directo, tiró por la borda el dogma de la infalibilidad de quien, asegura, representa la cuarta transformación de la República (4T). Andrés Manuel López Obrador es el mejor comunicador del país, pero eso no quiere decir que se presente ante la prensa a informar. Las mañaneras son la expresión más nítida y elocuente de que sigue en campaña, pero ahora desde el poder. Es de celebrarse que dé la cara por su gobierno todos los días, el problema es que su objetivo primordial es machacar, una y otra vez, la narrativa mesiánica del parteaguas histórico al margen de hechos constatables. Así, la 4T podría convertirse en mito popular… o bien, en desengaño traumático.
Nadie puede refutar el derecho que tiene AMLO de responder cuestionamientos publicados en medios de comunicación. Pero lo que hace no es precisamente ejercer la réplica, como asegura. Eso sería si pusiera sobre la mesa argumentos y contraargumentos, si lo viéramos exponer datos verificables para refutar críticas. Lo que vemos es algo muy distinto: la descalificación moral de quien discrepa.
El disenso no tiene legitimidad en la 4T. Como su grandilocuente oferta que reivindican como Credo es pasar de la oscura noche al luminoso día y se trata de una lucha entre el bien que representa los intereses del pueblo y el mal que protege los de la resentida mafia exiliada del poder —aunque en su inmensa mayoría ya esté bien acomodada con los nuevos potentados—, la diferencia debe ser denunciada como perversa, aunque, por el momento y gracias a la magnanimidad del gobernante, se le permita expresarse.
El pueblo en el poder señala por medio de su único e incuestionable vocero que quien discrepa representa al antipueblo, es decir, a los “fifís” y “conservadores”, “cuya doctrina es la hipocresía” y que fueron cómplices de las peores fechorías de la época oscura que acaban de dejar atrás, aunque la historia documentada diga lo contrario. Estigmatizar medios y periodistas desde el poder es una forma, poco sutil por cierto, de amedrentar.
Tras el señalamiento viene el linchamiento. Se vio con mucha claridad con Jorge Ramos, pero es un modus operandi cotidiano. Cualquier reportero que ose hacer una pregunta crítica al Presidente en la mañanera es agredido con saña en redes sociales; el uso de bots para encender las hogueras digitales desmienten cualquier intento de hacerlo ver como una respuesta espontánea de seguidores acelerados. El acoso en las redes promueve la autocensura.
La confusión presidencial de pedirle a un medio que revele sus fuentes por “transparencia” no es menor, pero es sintomática. Es un desconocimiento de la labor periodística y su compromiso con el derecho a la información de los ciudadanos frente a los intereses del poder, sin duda, pero también muestra que ve a la prensa independiente como adversaria política. Por eso se iguala con ella y asegura que la relación debe ser “circular”, es decir, de ida y vuelta.
Las palabras tienen consecuencias y denunciar desde el púlpito presidencial a los “enemigos” que develan lo que está oculto, delimitan en sus términos lo que está deformado o que simplemente opinan distinto, es una amenaza real para todos, en especial para los periodistas. Debemos tener presente que si la libertad de expresión es un derecho, es para poder decir lo que no le gusta al poder. Y la mejor forma de defender esa libertad es ejerciéndola.
