La adhocracia
En las circunstancias actuales de México necesitamos de la adhocracia
Por Santiago García Álvarez*
Las sociedades han asumido distintos modos de organización a lo largo de la historia. Desde la llamada aristocracia, que proponían algunos filósofos griegos, pasando por la autocracia y llegando al sistema que en el mundo occidental ha prevalecido los últimos años y que llamamos democracia.
Algo parecido sucede en las empresas. Dependiendo de su misión, objetivos y estrategia, pueden adoptar distintas configuraciones. Unas son más verticales, basadas en un mando centralizado. Otras descansan en las habilidades de la gente que opera las unidades, como es el caso de los médicos en los hospitales. Recientemente han surgido iniciativas más flexibles, organigramas matriciales o incluso organizaciones “deliberadamente desorganizadas”.
La complejidad de los retos mundiales ha requerido nuevas maneras de organización. Por citar un ejemplo, la NASA requirió, en su momento, expertos de distinta índole que trabajaban de manera interdisciplinaria, descansando menos en los rangos y más en la capacidad técnica de cada persona que aportaba sustancialmente al conjunto. Algunos autores han llamado a esta configuración la adhocracia.
Su elemento fundamental es la adaptación mutua entre distintos agentes. Se basa en un sistema descentralizado, con numerosos dispositivos de enlace, agrupaciones flexibles, valoración de las distintas habilidades, capacidad de adaptación y trabajo en equipo, entre otras características. A finales del siglo XX, esta forma de organización prometía ser la forma organizativa del futuro. En parte se ha cumplido esta predicción.
Pienso que en las circunstancias actuales de México necesitamos de la adhocracia. Más allá de nuestra adolescente democracia —con la valiosa alternancia en el poder que hemos vivido las últimas décadas— es muy importante el trabajo en común y el entendimiento entre agentes sociales.
Siguiendo la raíz de esta extraña palabra podemos inferir su sentido. Los proyectos ad hoc requieren adaptación. El objetivo es claro, pero se requiere la coordinación de procesos, personas y estructuras para colaborar. El poder queda en manos de quien tiene los conocimientos o la experiencia y no únicamente en la autoridad formal.
En el pasado sismo de septiembre la sociedad mexicana tomó por momentos una configuración adhocrática. No importaba el puesto, la condición o manera de pensar de las personas, sino coordinarse de la mejor manera posible para ayudar. Algunas plataformas digitales como Waze y Airbnb contienen elementos adhocráticos que permiten la colaboración y la confianza.
Como todo, las adhocracias tienen también desventajas. Son más difíciles de operar y posiblemente más costosas. No es fácil conseguir economías de escala. Por tanto, no deben usarse en todo y para todo, sino en proyectos complejos y dinámicos que requieran la participación de expertos. Naturalmente, los líderes sociales saben combinar distintas configuraciones, según los escenarios políticos y sociales, y para ello se requiere un importante grado de prudencia.
Ojalá nuestra democracia siga madurando. Esperemos que se fortalezca. Sin embargo, por la complejidad actual, no parece suficiente. En muchos proyectos de nuestro país se requieren estructuras adhocráticas que involucren agentes públicos, privados, sociales, que integren voluntades y expertices, que miren por objetivos conjuntos.
En las primeras semanas posteriores a las elecciones, ha sido muy reconfortante observar que se ha experimentado una cierta unidad, basada en las declaraciones y voluntades de los más importantes agentes sociales. Sin embargo, la unidad no será fácil de mantener con el tiempo. Es compleja pues en el fondo no se trata de algo yuxtapuesto, sino como una convicción cultural y estructural. En ese sentido funciona la adhocracia. Se necesitan equipos multidisciplinarios que trabajen en proyectos complejos. Se requiere capacidad de adaptación. Se precisa flexibilidad. Es fundamental la capacidad de escuchar. No menos importante la habilidad de valorar los talentos de distintas personas. Para salir adelante es necesario sacrificar ambiciones y agendas personales y sumarse para apuntalar el bien común.
*Rector del campus México de la Universidad Panamericana
