Joe Biden y López Obrador, ¿llegó la hora del sur?

La agenda entre los dos países es amplia y compleja. Para nuestros vecinos es fundamental la seguridad fronteriza, la migración y el comercio, mientras que para nosotros lo más urgente es el desarrollo.

Por Juan Carlos Gómez Aranda*

Hace pocos días, durante la visita a nuestro país de una comitiva del gobierno estadunidense, el presidente López Obrador invitó al mandatario de aquella nación a venir a México a finales de septiembre. Desafortunadamente, en lo que parece un desaire, la respuesta fue que en este momento existen otras prioridades, pero que en Washington podrían reunirse con la vicepresidenta Kamala Harris, por lo que el 9 de septiembre será el encuentro de una misión mexicana que será encabezada por el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard y la de Economía, Tatiana Clouthier.

Es buena noticia que uno de los objetivos del encuentro tenga que ver con la prosperidad del sur de México. La Cancillería anunció que sólo cooperando entre los países puede aspirarse a que quienes decidan emigrar no lo hagan forzados por la pobreza.

Más allá de lo positivo que resulte el encuentro por razones diplomáticas será productivo sólo si se logran resultados concretos en materia de colaboración para la creación de fuentes de empleo en el sur y en el triángulo norte de Centroamérica, poniendo en marcha los viejos y nuevos proyectos para activar la economía regional que no han avanzado por falta de financiamiento.

La agenda entre los dos países es amplia y compleja. Para nuestros vecinos es fundamental la seguridad fronteriza, la migración y el comercio, mientras que para nosotros lo más urgente es el desarrollo. Es posible que la prevención y la solución de conflictos ocupen el mayor esfuerzo en este encuentro, no la búsqueda de oportunidades económicas, particularmente para los estados sureños.

El sur es pródigo en recursos naturales que son patrimonio de la nación: petróleo, gas, generación de electricidad, biodiversidad asombrosa, culturas vivas y arqueología, agricultura, ganadería, bosques y selvas, así como las mayores reservas de agua dulce del país.

También es territorio de paso de miles de inmigrantes. Apenas en julio pasado, las autoridades de los Estados Unidos detuvieron a más de 212 mil personas que entraron ilegalmente por nuestro país, siendo la cifra más alta en cuatro lustros. A estas personas, principalmente centroamericanas, que huyen del hambre, la violencia, los estragos de los fenómenos naturales adversos y la falta de oportunidades, se unen miles de mexicanos.

Con estos datos es importante considerar que, por su posición geopolítica, México ha pasado de ser un país de tránsito de emigrantes para volverse, cada día más, un país de destino.

En la frontera sur el tráfico de armas y personas, así como contrabando de mercancías son las principales actividades delictivas del crimen organizado. Los criminales cometen secuestros, afectando principalmente a mujeres y menores, pero también explotan a los migrantes causando problemas de seguridad pública y derechos humanos, a los que se ha agregado la guerra entre cárteles, lo que mantiene en vilo a muchos ciudadanos y atemoriza a posibles inversionistas.

Con Centroamérica nos unen fuertes lazos históricos y desafíos comunes como la protección y el aprovechamiento de la diversidad geográfica, cómo hacer frente a vulnerabilidad de los ecosistemas, la dependencia de las mismas actividades agrícolas y la falta de industrialización. Ya se ha dicho que tenemos una frontera porosa, pero es conveniente recordar que en un amplio territorio común simple y sencillamente no existe frontera alguna, donde históricamente se ha dado una gran movilidad de bienes y personas, creciente en los últimos 30 años.

Seguramente que los grandes proyectos de infraestructura de la actual administración —Tren Maya, refinería de Dos Bocas y Transístmico— no serán la cortina que detenga la movilización de personas indocumentadas rumbo al norte, aun si hubiese la creación de empleos prometida.

Es necesario que las autoridades mexicanas convenzan a sus pares norteamericanos de que es urgente apalancar proyectos locales que arraiguen a la población en sus lugares de origen. La colaboración no puede basarse en la subordinación o en el apoyo para hacer una eficiente campaña de deportaciones o el despliegue de la Guardia Nacional en el Suchiate. La cooperación debiera basarse en la búsqueda de soluciones a los problemas de fondo, a las causas.

Es necesario encontrar alternativas de largo plazo que impulsen el desarrollo regional, la oferta de empleos y la reducción de tan altos niveles de pobreza que impele a miles de personas y familias enteras hacia el norte. Las “soluciones” de corto plazo, como es el establecimiento de programas sociales, resuelven en lo inmediato, pero resultan medidas paliativas que no atienden la problemática estructural.

El sur es campeón en la producción de café, plátano, mango, rambután, ganadería y en otros sectores, pero urge focalizar esfuerzos para financiar plantaciones forestales y hortofrutícolas, parques agroindustriales, cuencas lecheras, acuacultura en sus presas, ríos y lagunas, infraestructura de comunicaciones, multiplicar proyectos de ecoturismo, abrir nuevas ciudades arqueológicas, promover sus pueblos mágicos, construir gasoductos y otras propuestas que ya están diagnosticadas como favorables para la creación de corredores estratégicos.

Estamos ante la gran oportunidad de hacer las cosas de manera diferente y mejor, sobre todo por los resultados fallidos de los programas de cooperación binacional del pasado reciente. Hoy que un hombre del sur gobierna la nación ¿se construirá la oportunidad esperada?

           *Analista político y experto en comunicación estratégica

                Twitter: @JCGomezAranda

Temas: